Se me ha ocurrido esperar al último día para darme un paseo e ir a ver la exposición del Thyssen —el que no haya ido ya, se la ha perdido— así que este texto es imposiblemente una recomendación, se quedará en impresión. Si alguno insiste en visitarla, quizás pueda encontrar el libro que edita el museo, como lo hace siempre con sus exposiciones temporales, en su tienda, o entrar en la web y hacer la visita virtual, pero no lo recomiendo, porque si Warhol aguanta la impresión, Pollock no; hay que verlo en vivo. Tiene algo mágico. Sus capas de chorreo, salpicaduras, vertido de pintura, superpuestas tienen poco de azarosas y construyen un espacio profundo, nada improvisado, que atrae y en el que acabas hundiéndote. Es un espacio sensorial donde se siente y se escucha un lenguaje poético, con su rima y ritmo, compuesto por colores, que se percibe solamente cuando estás físicamente presente. Con Pollock puedes caer, aunque sea solo por un instante, como una Alicia cualquiera en el país de las maravillas. Warhol en cambio, no te engulle, te suspende entre fotogramas, para que tu cabeza imagine las capas, emocionales, psicológicas y físicas del personaje que retrata. Eso, y luego está su ironía y su mierda (u orina) de artista egocéntrica y casi autolesiva, en fin; sea como sea, también me gusta mucho la obra de Warhol.
Me he fijado en sus múltiplos de cinco —los de las series de Warhol— porque yo uso bastante (en mis textos) múltiplos de siete; tendré que averiguar por qué lo hacía, ¿quizás son pentagramas? ¿Buscaba la musicalidad?
Y luego estaban las nubes de Sol LeWitt, que ya había visto antes, pero sin pensar en ritmos, ni rimas… Con otra mirada. Esta vez, gracias al diálogo inaudible pero visible entre todas las obras de la exposición, he imaginado una transcripción, una prosa en la que se repiten las mismas frases con pequeñas variaciones, y series con escenas casi idénticas, como las de esos cachitos de cielo, todos dentro del mismo encuadre y formato, por donde desfilan nubes insólitas, efímeras y únicas.
“El cielo es grisáceo y la nube blanca. El cielo es azulón y la nube gris. El cielo es blanquecino y la nube azul…”
Algo así. Lo dejé ahí, porque enseguida recordé que una imagen vale más que mil palabras, y pensé que el ejercicio no me llevaría a nada. “Escribir es más difícil”, me dije, aunque inmediatamente me corregí y me censuré mentalmente; no hay nada más estúpido que considerar el arte ligeramente o a la ligera, y, mucho más estúpido, cuando estás en un museo rodeada de obras maestras.
Envidié un poco, lo reconozco, la emoción que consigue Sol LeWitt con su serie de muros de ladrillo fotografiados en distintos momentos del día, pensando —rumiando— en cómo poder trasladar esas sombras a la literatura. Creo que me ha dado por hacer cosas absurdas. Esto me pasa cuando en vez de hacer algo realmente importante, algo que te puede cambiar la vida, algo como emocionar, me dedico a pensar en cosas tontas para no hacerlo.
Cosas tontas.
También había un Rothko verde sobre morado robándole el protagonismo a otras sombras, las de Warhol, que no conocía. Como no le llamaban la atención a casi nadie, me pude colocar en un ladito de la sala, meterme dentro y ver el movimiento de la oscuridad; una experiencia inquietante y, por asombrosa, feliz.
No me quedé a ver el corto proyectado en la última sala, porque lo confieso, me parece que las ‘incursiones en el cine’ (lo sean o no) de Warhol son amateur.
Nadie es perfecto.
Alex
P.D. – En la foto, salgo en plan tortuga Ninja, porque todavía hace un frío pelón en Madrid.
El tour virtual a la expo (no-recomendable) lo puedes hacer aquí.
Y la banda sonora, que es lo que estoy escuchando ahora mismo…. 👇🏻 Randy Crawford – One Day I’ll Fly Away
He añadido un espacio más abajo 👇🏻 para que me podáis dejar vuestros comentarios y abrir la conversación.

Os leo 💋