Reconocí el micro-gesto en el extraño con el que me crucé en medio de la calle. Lo notas. La energía de alguien mirándote se siente, casi siempre, incluso a cierta distancia. No sé cuánto tiempo llevaba mirándome cuando me di cuenta, estaba a unos veinte pasos antes de la intersección. No desvié mi mirada, la mantuve anclada en el punto de fuga fijo de la calle, en línea recta, por lo tanto, la imagen del hombre se mantuvo desenfocada en el margen de mi encuadre hasta el último instante. Entonces, justo antes de alcanzar mi posición y que me diera la espalda, le miré directo a la cara, y lo vi con nitidez. Apretó ligeramente los labios y desvió la mirada, a su izquierda, evitando la mía. Me sorprendió. Me pareció familiar. Pensé que conocía a ese hombre, por la mueca, pero no reconocí su físico. Calculé un segundo, para que se alejara, y me giré, para verle de espaldas e intentar identificarlo. Iba acompañado de otra persona, una mujer, que tampoco me sonaba de nada, que había ignorado cuando la tuve de frente. Me fijé en los abrigos, en los zapatos de tacón cuadrado de ella, en la bufanda azul de él; no aparecían en mi memoria; nunca los había visto antes a ninguno de los dos.
Pensé, deduje que lo de apretar los labios y eludir la mirada le pertenecía a otra persona; a alguien que sí que vive en mis recuerdos, escondido, con la contención de la boca comprimida, muda, y la mirada alejada, censurada. A un alguien, que en algún momento, no me quiso revelar su pensamiento y evitó la comunicación siquiera visual. El gesto se quedó guardado, la persona, no.
Estuve un rato analizando al extraño aquel, mientras seguí caminando, imaginando sus pensamientos veloces, presentes solo durante unas cuantas zancadas, que se prohibió pronunciar y que se obligó a apartar; descomponiendo la mueca, que revelaba un instintivo control y una automática huida. Me entretuve buscando algún motivo, hasta que me di cuenta de que seguramente su reacción no tenía nada que ver conmigo; él se dominó y me evitó por alguna razón suya. Le debí de recordar algo o a alguien, que me recordó algo o a alguien a mí; algo que él estaba acostumbrado a reprimir y yo a no entender.
Hacía frío. Yo llevaba un abrigo hasta los pies, un gorro de lana, guantes y gafas de sol. Bajo el disfraz del anonimato, no podía haberme confundido con otra. Dudé. Volví a darle vueltas a la papilla de mi memoria, pero nada; él no aparecía en ningún fotograma de mi pasado. Quizás es algo —pensé— que le pasa con cualquier mujer fantasma cubierta de la cabeza a los pies en medio de la calle helada; quizás mi atuendo le pareció exagerado, ridículo. Pero descarté la idea del ridículo, porque no tengo mucho sentido del ridículo, y además, porque no advertí ningún reproche en el gesto ni en la mirada huidiza; lo suyo había sido una irreflexiva y autoimpuesta represión.
Iban hablando. Cuando me giré él le decía algo a ella. Ya se había olvidado del pequeño paréntesis en el que me había metido a mí.
Retomé el camino y volví a barruntar sobre los labios tensos y apretados, siguiendo el rastro de la mueca. Quería dar con él. Anduve rememorando la boca que reprimió su palabra, la que existió un día frente a la mía y no quiso decir lo que pensaba, hacer lo que quería, la que reconocí en el hombre desconocido que no era suya. La que no supe nombrar. Y me intenté culpar, pero no pude; tengo los límites de la responsabilidad bien señalados. Si no habló, si no miró, si no hizo nada fue decisión suya. Y aun así, insistí, me pregunté por qué cosas merecía la pena callar, intentando justificar el punto y coma emocional, pero solo se me ocurrían razones oscuras, que son las inconfesables, y de nuevo, cotejando con el catálogo de las muecas antipáticas, no encontré nada bonito que mereciera la pena ser reprimido. Por eso deduje que, a lo mejor, no escondía algo oscuro, sino un secreto.
Me hubiese gustado escuchar su secreto en voz alta. La curiosidad irreprimible me domina. Seguro que habría sido cualquier tontería. Enumeré unas cuantas tonterías y algunas otras cosas absurdas. Me reí sola. ¿Y si hubiese sido una obscenidad? Se me ocurrió por fin. Entonces, sí que habría hecho bien en reprimirla; las obscenidades se piensan pero necesitan tener permiso para poder expresarse. La idea, decidí que era completamente inverosímil, y que aquel hombre simplemente se despistó con el pompón de mi gorro de lana.
Apretó los labios, desvió la mirada… Si se hubiese dejado llevar, seguramente yo no me hubiese fijado en él.
Alex
P.D.- La foto es de otro día, se me ocurrió hacerla desde el coche, con el anhelo de volver a pasear, porque no para de llover. Y la banda sonora 👇🏻 Acqua e sale de Mina y Celentano, para calentaros el frío invierno
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Os leo 💋