De ronda

La otra noche cené con mi amiga Abigail. Me mandó un mensaje por la tarde y me dijo que había venido a Madrid, ella es de Granada, que estaría a las ocho y media con su hermano, y con la novia de su hermano, y que si me apetecía, que me apuntara. Dicho y hecho, aunque yo había almorzado con unas amigas y me había puesto morada. Así que llegué, me pedí un agua sin gas y juntos decidimos compartir todos platos de picoteo. Yo probé el steak tartar y como solo lo probé, porque realmente no me cabía nada en el estómago, Abigail y su hermano, en cuanto me levanté para ir al baño, pagaron la cuenta y decidieron invitarme.

—Solo te has tomado un agua y apenas le has hincado el tenedor a nada. Faltaba más —me dijo Abigail cuando protesté porque hubiese pagado a mis espaldas.

Lo pasamos fenomenal. Abigail es una de las personas con más sentido del humor que conozco. Pero le dimos la cena a la prometida de su hermano, que es coreana, tiene la piel como una muñeca de porcelana y no habla ni papa de español; fuimos terriblemente maleducadas, acabamos entablando una conversación en paralelo, llena de risas, entre nosotras y en español. Quizás Abigail tiene bula porque, al fin y al cabo, es su futura cuñada, y la confianza es lo que tiene, pero yo no. Decidí zambullirme en la complicidad con mi amiga y jugarme el aprecio de mi nueva conocida. Espero que me lo perdone.

Nos despedimos en la calle y cada uno tomó el camino a su casa; el mío cuesta abajo. 

La calle estaba despejada, creo que era martes o miércoles, solo había dos hombres fumando en la puerta de otro restaurante a dos portales del nuestro.

—Me duele el pie —le dijo uno, el más alto, a su amigo, rompiendo el silencio nocturno.

Yo estaba a unas siete o nueve zancadas —y soy de zancadas largas—, pero lo escuché perfectamente. Supongo que él escuchó mis pasos porque me miró, esperó que diera dos o tres zancadas más y dijo: 

—¿Tú no serás traumatóloga?

Me divirtió la pregunta.

—No —contesté—, pero cuéntame a ver qué más problemas tienes, a ver qué te puedo resolver —, añadí sin dejar de andar y casi ya a la altura del paso de cebra.

—¡Eres psicóloga!

No me giré, concentrada en pisar las rayas blancas justo por el centro.

—Pues, ¡tengo un problema!

Y entonces decidí darme la vuelta.

—No soy psicóloga, soy escritora —aclaré, mientras me acercaba a ellos.

—¡Ah, claro! Nosotros podemos ser una mina para una escritora —dijo el amigo.

—Una mina de oro… —le confirmé.

—Me ha dejado una chica con la que empezaba a tener algo —retomó el alto—. Le di plantón porque estaba pasando por una crisis y quiero mandarle un mensaje pidiéndole perdón.

Siguió contándome y esbozó el mensaje en voz alta. 

—Uf… Pereza. No mandes ese mensaje —opiné.

—Es que me pilló en un mal momento, en crisis. Ella tiene un hijo pequeño y yo también tengo hijos, pero son mayores.

Enseguida me di cuenta de que no hablaba de una crisis, sino de haber estado imaginando un futuro (complicado) con ella.

—Mira. Te ha entrado el agobio, le has dado plantón; es normal que la tía pase de ti, porque ha visto que tienes dudas.

—Es que un amigo mío también me ha dicho que ella es una gold digger.

—¿Pero es que tú estás forrado o qué?

No contestó, luego debía estar bastante forrado.

—¿Qué es gold digger? —preguntó el amigo.

—Una tía que va por la pasta —le traduje.

—¡Pero si el amigo que te dijo eso he sido yo!

Nos entró un pequeño ataque de risa a los tres; los ataques de risa tontos son así, son sanísimos y te los encuentras en los sitios más inesperados.

—¿Fumas? —me ofreció el amigo, que a esas alturas de la conversación me pareció que era el más listo de los dos, cuando nos dejamos de reír.

—No, gracias. No fumo.

—¿Entonces no le mando el mensaje? —retomó el alto.

—No. Pon solo una palabra: perdón. Nada más. Y queda con ella.

—Está en Polonia, porque es polaca.

—Pues cógete un avión y preséntate ahí.

—¿Pero la aviso?

La pregunta me pilló por sorpresa. No pude contestar rápidamente. Me acordé de un amigo, que me encontré una noche, en la acera, mirando a la luna. Frené el coche a su altura y como estaba ensimismado no se dio cuenta de que me había detenido, ni que era yo, hasta que bajé la ventanilla y grité:

—¿Qué haces?

—Nada.

—¿Cómo que nada? ¿Esa no es la terraza de Carolina? ¿No la estarás stalkeando?

—¿Y qué pasa? ¿Es que uno ya no puede rondar a una mujer?

—¿Y ha salido?

—Todavía, no.

—Venga pues me voy a casa, no sea que salga, te vea hablando conmigo y se cabree.

El alto, al ver que no le iba a dar una respuesta, cambió de tema.

—Nos vamos a una fiesta. ¿Tú crees que ligaremos?

—Hombre, claro. Yo estaba ya en medio del paso de cebra y me he dado la vuelta, ¿no?

El listo abrió mucho los ojos sorprendido y el alto amplió su sonrisa.

—Ten confianza en ti mismo —le dije y me marché.

Salté sobre las rayas pintadas de blanco encima de la calzada y escuché al alto que me dijo mientras me alejaba:

—¡Eres una tía de puta madre!

No sé cómo se llaman. Probablemente no les volveré a ver.

Alex

P.D.- Al día siguiente había quedado de nuevo con Abigail para ir juntas a ver una exposición, pero todavía me sentía como una boa, y encima me empezaron unos retortijones de tripa horribles; me quedé en casa sin posibilidad de descubrir otra mina de oro. En la foto estamos Abigail (la de la camisa blanca) y yo con unos amigos; otra noche y otra ronda. 

Y la banda sonora 👇🏻 Week-end à Rome de Nouvelle Vague