La escalera de la vanidad

De los pecados capitales, la soberbia —o vanidad— probablemente es el peor. La soberbia es la base de todos los demás pecados, y además, es el más difícil de corregir. Si para la lujuria el antídoto es el amor, para la soberbia el antídoto es la humildad. La cuestión del amor se resuelve deseando el bien del otro por encima del propio. Es difícil, sí, pero más difícil es ser humilde. La humildad no se logra solo deseando servir al otro; yo creo que, además, para ser humilde necesitas encontrar tu verdadera identidad. Mi razonamiento es simple: si la vanidad depende de la mirada del otro, la humildad reside en la conciencia del yo. No es una idea original. Como siempre —y como con todo— muchos son los que antes han reflexionado sobre el mismo tema y han llegado a las mismas conclusiones. Desde Santo Tomás de Aquino hasta Sartre, pasando por Montaigne… Quien esté interesado en el asunto encontrará abundante literatura al respecto y espero que sea indulgente con mis (humildes, y pueriles) divagaciones. Soy ingenua, cándida —por algo el Cándido de Voltaire es uno de mis libros favoritos—, desconfío de los políticos y aborrezco la soberbia incluso en los inteligentes.

No es que hablar de política sea lo mío (lo mío son más bien las tormentas), pero es inevitable. Es cotidiana e ineludible, y también es una responsabilidad. La política es un escaparate alimentado por el espejo del voto. Es la escalera de la vanidad. Un ascenso que algunos entienden que es un arte: el arte de la política. Yo no creo en el arte de política. Yo entiendo el arte, no como un ascenso, y además creo en el arte independientemente de su éxito. Tampoco es un pensamiento original, la historia está plagada de artistas ignorados en su época y alabados después de muertos. El arte no es un camino para obtener popularidad, ni poder. El arte es una representación de la realidad y una forma de darle forma a lo invisible, con capacidad transformadora, sí, pero ni es un servicio, ni el artista es su siervo. El arte es libre, individual y anárquico. La política no. Los políticos están al servicio de la ciudadanía, aunque a algunos (sino a muchos) se les olvide que son servidores una vez que llegan al poder. 

“El poder corrompe”, pero y si la cuestión es que el voto corrompe. El voto como alimento de la soberbia. Somos todos responsables. La soberbia del político se nutre con nuestra validación, y también con nuestra permisividad/indulgencia/compasión a la hora de juzgar sus errores. Por eso es nuestra obligación juzgar al político, y recordarle su rol como servidor, que debe cumplir con humildad, y profundamente consciente de su propia imperfección. 

Cuando un político se deja llevar por la soberbia, validada por el voto, pierde todo el sentido de su propósito, y es entonces cuando es capaz de justificar “el todo vale”. La arrogancia, la desfachatez, la vanidad, toman el control, y se pierde de vista la ética, la responsabilidad y la humildad. El fin no es llegar al poder. El fin es servir a la ciudadanía, y por eso, siempre se debe alcanzar, y ejercer, mediante los medios correctos. Cumpliendo con lo prometido, respetando lo que el electorado ha votado, porque servir, implica hacerlo con integridad. Cuando el político lo olvida, y toma decisiones que contradicen lo prometido, no solo está justificando los medios, también está traicionando la confianza de aquellos que le han posibilitado su ascenso al poder. Es reflejo de la soberbia, y abre la puerta a la corrupción de las instituciones, y de la moral y la ética. Un comportamiento que es contrario al principio básico de la democracia. Es un comportamiento totalitario. Los votantes elegimos a nuestros representantes porque creemos en su programa y en sus promesas, no porque queramos posibilitar su supervivencia política. Y, por lo tanto la responsabilidad del político es servir a su país, al bien común, y no perpetuarse en su cargo.

Es irónico que este tipo de comportamientos —hacer lo necesario para mantenerse en el poder, traicionar al electorado y actuar con soberbia— sea visto por algunos como “el arte de ejercer la política”. Bajo esta premisa, la política se convierte en un juego de manipulación y de estrategia, que distorsiona su verdadero propósito de servicio. Se glorifica el maquiavelismo como forma de arte cuando simplemente es una manifestación de miseria humana.

Dicen que uno desprecia en los demás los defectos que reconoce en uno mismo; quizás por eso yo me rebelo, y procuro corregirme, e intento buscar la humildad en mis errores. Mis errores y mis defectos son mi espejo. Mirarme hace que se me bajen los humos y que se me despierte la compasión. Soy frágil, multifacética, contradictoria, creída e imperfecta (entre otras cosas); pero, es en la conciencia (de mis defectos) donde encuentro mi humildad. Cuando era más joven sentía vergüenza, trataba de disimular mis taras; he madurado y la vergüenza la he ido transformando en compasión. Sin embargo, esta capacidad de indulgencia conmigo misma, incluso con los demás, no la tengo con los políticos.  

No somos súbditos. Somos el espejo del poder. 

Alex

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