Una mirada perdida

Me miró, le miré, me sonrió, me sorprendí, y se perdió en otro camino. Mi gran aventura, el amor de mi vida, mi alma gemela desapareció, llevándose consigo lo que nunca ha existido. Me ha pasado. No muchas veces. Solo tres. Y además las tres, con el mismo. La primera vez, estábamos en la carretera, de camino al mar. El sol, en su cénit, iluminaba las líneas blancas, intermitentes, nítidas, que deslizaban contando kilómetros bajo los neumáticos. Me adelantó. Me fijé en él. Me miró por el retrovisor. Le miré. Nuestras pupilas, como dos agujeros negros, cruzaron el horizonte de sucesos, buscándose sin escapatoria. Sé que me sonrió. Se mantuvo delante de mí el tiempo suficiente como para que yo lo supiera. Aceleró, rompió la fuerza gravitacional, y se esfumó. Como soy una pésima conductora, no pude darle alcance, dejé que desapareciera. El coche azul menguó hasta hacerse pequeñito y fugarse por la curva detrás de la colina. La segunda vez fue unos años más tarde. Estábamos saliendo del teatro, en las Vegas. Habíamos visto, cada uno por nuestro lado, el espectáculo de Siegfried y Roy, con sus espectaculares tigres blancos, que dejaron de actuar después de que uno de esos feroces felinos atacara a Roy —tal y como lo habían predicho los Simpson, diez años antes; como también predijo, catorce años antes, Morgan Robertson, el autor de “El naufragio del Titán”, el hundimiento del Titanic— . ¿Destino o casualidad? Nosotros tampoco supimos si fue el azar o la inevitabilidad, pero ahí estábamos, en medio de otra oportunidad. Había que subir por una escalera dorada que llevaba al hall y a la salida. Reconocí su nuca, su perfil, el rizo de su pelo, la trasera de sus orejas. El ritmo de evacuación se detuvo. Suele pasar cuando hay aglomeraciones. Se giró, me miró, también me reconoció, nuestras pupilas se volvieron a imantar, y me sonrío. Miró a su acompañante, era muy guapa, comprendí, y acepté el obstáculo. Desapareció, entre la multitud de espectadores, a la fuga. La tercera, la vencida, sucedió en la calle. Sin frenos, ni muchedumbres, ni caos. Estaba solo. Yo, no. Me miró, evité su mirada, se fijó en mi acompañante, sonrío y comprendió. Aceptó el obstáculo. Me alejé. De reojo miré. Se subió a su moto, se puso el casco y me olvidó. Le olvidé. En tres vidas paralelas existimos, pero en esta, no. 

En la primera, soy una excelente conductora, y pude seguirle. Le adelanté. Me adelantó. Jugamos a trazar nuestro camino. Nos perseguimos por el horizonte de sucesos que era el nuestro. Llamó, canceló su almuerzo y aparcó a mi lado. Me invitó a comer. El solomillo Welington estaba en su punto. Fuimos a dar un paseo por la playa. Nos descalzamos, nos reímos, nos desnudamos, nos metimos en el mar y nos enamoramos. En la segunda, la más inesperada, se despidió de sus amigos, y de su novia. Sorteó el obstáculo. Supo que yo no podría perseguirle y por eso, me cogió de la mano para no perderme, para no soltarme. Supe que era inevitable. Confíe. Entramos en el casino. Lo apostamos todo. Nos reímos. Ganamos un dineral en las máquinas tragaperras y nos casamos al estilo local: él de Elvis y yo de Marilyn. En la última, que casi parece real, le dije a mi marido que tenía que saludar al de la moto. Me acerqué. Superé el obstáculo. Le dije que me sonaba. Me dijo que yo a él también. Me preguntó que si sabía conducir, que si había estado en la playa, que si había estado en las Vegas, que si me había enterado de que los tigres blancos están en un nuevo hogar, en un santuario de gatos… Dijo. Y que los tigres blancos no son albinos, que son blancos. Y yo le dije que sí. Que sí a todo. Nos reímos. Nos divirtieron mucho las coincidencias. Me pidió el teléfono, se lo di. Me llamó, quedamos. Nos reímos. Nos reímos. Nos enamoramos, nos divorciamos, nos enamoramos. Nos vamos a casar.

Cuando todo lo que pudo ser se encierra en una sola mirada es cuando te das cuenta de la infinidad que te has perdido. En un instante puedes empezar una historia o imaginarla para siempre.

Alex

P.D- La foto es de Bruce St. Clair