Los vientos de Oriana

Hace unas noches me despertó el sonido de Eolo intentando abrir mi ventana a base de agarrarse a mi puerta, y como no lo conseguía, silbaba. Consiguió dar un pequeño portazo y que el aire de mi habitación retumbara —el muy gamberro— me robó por lo menos una hora de sueño. Intenté hundir la cabeza lo suficientemente hondo en la almohada para liberar a mi nuca de su peso, relajar los pensamientos y volver al REM, pero los crujidos y toquecitos del descarado viento contra la persiana me llevaron a una infancia temerosa, a la noche en la que voló la mesa de cristal de la terraza y volví a sentir miedo.

Después de las lluvias de Marta, Oriana ha venido acompañada de fuertes vientos. Esto sí que es una coincidencia. Tengo dos amigas queridas que se llaman la una Marta y la otra Oriana, que tuvieron sus más y sus menos durante la adolescencia, y esta sucesión meteorológica fenomenal es una especie de retrato poético. Sobre todo porque después de toda tormenta siempre llega la calma y ellas también acabaron por reconciliarse; eso creo.

Por la mañana, Oriana había amainado y Eolo se había callado. Y yo, mientras me espabilaba con un café, le comenté a mi marido: “Sabes… anoche pasé miedo… ¿Ha volado algo de la terraza?” Se rió y primero intentó tomarme el pelo —es su pasatiempo favorito— y me dijo que sí, que la terraza estaba arrasada, pero enseguida vio que su mentira no colaba y entonces fue al grano: “Tú no aguantarías un apocalipsis… Te lo pasarías entero gritando: ¡un insecto! ¡hace viento! ¡tengo miedo!” Para no llevarle la contraria, me puse a imaginar en voz alta un personaje como yo en una película de catástrofes y me auto-aniquilé en la introducción; al miedica se lo carga uno rápidamente; casi nunca supera las primeras secuencias. “Habría que hacer una película sin héroes, con un quejica tipo yo como protagonista…” Finalicé, invalidando lo inventado, con mi tonillo irónico, que él supo reconocer, y entonces fue él quien no quiso llevarme la contraria y me dijo: «en el apocalipsis, yo te cuidaré», y la escena doméstica concluyó ahí.

Soy bastante cobardica, eso es verdad, pero creo que en un apocalipsis me adaptaría. No se lo dije a mi marido, porque me pareció que esa no era la cuestión del desayuno, ni quise debatir con él, pero anulé sus bajas expectativas pensando que, cuando hace falta, sí que soy capaz de echarle huevos a los insectos y a los cuatro vientos. Claro que aguantaría un apocalipsis; soy un todoterreno. En mitad de la noche lo que pasa es que se sufre una regresión. No era yo hoy, era una niña que imaginó a su mesa siendo devorada por el tornado de Oz; que los aullidos conseguirían estallar cristales de las puertas; que los brazos y los dedos esqueléticos de los plataneros de la calle entrarían por la ventana y me arrastrarían y zarandarían como a una muñeca de trapo; que me tendría que agarrar con todas mis fuerzas al colchón. 

El miedo nocturno es infantil. El adulto está más despierto. 

Durante un tiempo creí en lo que me explicó un amigo mío, que es cinturón máximo en artes marciales, mérito que por cierto me impresiona mucho: que cada uno tiene una forma automática, de las tres que hay —huir, pelear, bloquearse—, de reaccionar ante el miedo. Y según su teoría, contraria a la de mi marido, yo era una guerrera siempre dispuesta a luchar. Pero ninguno de los dos me conocen del todo, no es así, yo, como todo el mundo, tiro de una o de otra herramienta según la situación. No siempre lucho, también me doy a la fuga, o me congelo; elijo. Más bien: mi cerebro reptiliano elige. Porque el miedo lo gestiona la parte más primitiva del cerebro. Y por eso, uno me percibe como una buena compañera de apocalipsis y el otro dice que no lo aguantaría ni cinco minutos.

Hacía mucho de la última vez que me desvelé en medio de la noche sintiendo miedo.

Casi llamé a mi amiga Oriana para contarle lo de su borrasca, y a Marta para comentar con ella la coincidencia en la nomenclatura de estas dos tormentas, como si fuera una especie de sincronicidad, pero luego decidí no hacerlo, por parecerme demasiado obvio o incluso una anécdota de mal gusto; del pasado solo hay que recordar lo mejor.

En cambio, a otra amiga Marta sí que le mandé un mensaje para preguntar qué tal, y me contestó con la foto de un árbol enorme abatido por Oriana en su jardín.

Alex

P.D. – La foto es la del árbol de Marta, que espero me perdone por publicarla sin haberle pedido permiso, pero es que: ‘Marta, he querido darte una sorpresa’ 🙏🏻

De la flamante borrasca Pedro… ni hablamos.

Y la banda sonora 👇🏻 Tormenta de Gorillaz y Bad Bunny.

¡Gracias por leerme!

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