Durante mi infancia yo quería ser un chico. Me parecía mucho más divertido. Me gustaba llevar pantalones, trepar árboles, montar maquetas de barcos, coches, motores, jugar a indios y vaqueros. Más de una vez se lo pedí a mi madre: ‘yo quiero ser un chico’, porque a esa edad pensaba que ella podía hacer realidad cualquiera de mis deseos, idea que ella no se esforzó demasiado en refutar, prefirió convencerme de que ser una chica molaba mucho más. Hoy en día le hubiesen montado un pollo en el colegio por influir en mi orientación sexual, aunque de sexual no tenía nada; es más, cuando me desarrollé sexualmente y sentí que tenía el origen del mundo entre mis piernas, me olvidé por completo de querer ser un chico. Suele pasar. Hace unos años les conté esta misma anécdota a unos amigos cuya hija también quería ser un chico y que, a diferencia de mí, hicieron mucho caso tanto en el colegio como en casa. La niña se cambió de nombre, se cortó el pelo, se vistió de niño a pesar de mis advertencias de que no la tomaran demasiado en serio, porque ‘mírame… en cuanto cumpla doce o trece cambiará y empezará a querer gustarle a los chicos’. Y así ha sido. Con la diferencia de que ella, en su transición de niña a adolescente, también ha tenido que reafirmarse en su identidad y les ha acabado echando en cara a sus padres el haberla definido en otro género (antes de tiempo).
Los niños son ángeles sin sexo. La infancia es un país de juegos, de aventuras y de curiosidad. La pubertad, con mayor o menor dificultad, nos metamorfosea y nos convierte en lo que somos.
A mí me encanta ser mujer. Y me gustan los hombres. Me podrían gustar las mujeres y seguiría siendo mujer, pero no es así. Soy una mujer a la que le gustan los hombres. El dato me parece totalmente irrelevante, pero hoy en día las filias parecen ser importantísimas. A mí me dan igual, me importa un comino con quién te acuestas y con quién no; lo que me importa es la clase de persona que eres. Yo fui una niña que quería ser un niño para hacer cosas de niños —aunque también quise ser bailarina ¡y científico!— y ahora soy una mujer que se ha sentado varias veces en mesas de juntas en las que yo era la única en mi especie y que tiene la suerte de poder elegir qué hacer y con quién. Se lo debo a todas las mujeres y hombres que quisieron ser libres y pelearon por hacer lo que les daba la gana antes que yo y que nosotros.
No he ido a la celebración del ocho de marzo, porque me parece una manifestación política que no nos reivindica a todas por igual, y yo creo profundamente en la sororidad. No hago distinciones políticas cuando se trata de la defensa de los derechos de las mujeres, tampoco en cuanto al respeto de los derechos humanos. Desde la luna no se nos distingue por sexos. Yo desde ahí nos veo a todos iguales.
Pero haciendo zoom, somos muy diferentes. Es lo molón. En las distancias cortas no somos ninguno igual; todo es mucho más interesante.
Hace unas semanas, cuando estaba insomníaca perdida, por culpa de todo lo que está sucediendo en España y en el mundo —por cierto que he recuperado mis horas de sueño con un truco de lo más sencillo. Me digo: ‘ahora tengo que dormir. Lo resolveré a las…’ y digo la hora a la que he puesto el despertador; y ya está. Funciona. El cerebro entiende que la tarea empieza al día siguiente, se relaja, se apaga y te deja dormir—, me enganché a ver reposiciones de entrevistas en la tele cuando apareció una que le hacían a Mala Rodríguez.
Mala Rodríguez es una artista magnética.
Reveló que había sufrido abusos, pero que no se sentía víctima. «No soy una víctima. Me niego. No me define el que me haya pasado una cosa así. Eso no me define. Me define el cómo he salido adelante, no eso», dijo. Conecto totalmente con sus palabras. No me gusta nada que se catalogue a las mujeres como víctimas permanentes del sistema. Realmente, no me gusta nada la condición permanente de víctima del sistema ni víctima a secas para nadie, para ningún ser humano, porque todos sufrimos agravios, a veces también violencia y nos recuperamos y nos levantamos. Ser víctima me parece algo temporal; uno no es víctima para siempre, a no ser que esté muerto, lo que uno es, es un superviviente, aunque sea un superviviente en proceso. Tarde o temprano acabamos todos siendo supervivientes, porque siempre hay alguien que te quiere dominar.
El ser humano es el depredador más despiadado del planeta y además se organiza jerárquicamente. Por eso, para sobrevivir a nuestra propia naturaleza, hemos inventado la democracia, o sea: la unión como mecanismo para limitar la dominación de aquellos que nos imponen o a los que les cedemos el poder. Fuera de este sistema, ‘la razón del más fuerte siempre es la mejor’ (La Fontaine).
Una vez, hablando precisamente de estas cosas con una amiga, nos preguntábamos cómo podíamos agruparnos mejor las mujeres en las ciudades, porque ‘la unión hace la fuerza’ y porque además nos necesitamos. Nosotras somos democráticas por naturaleza. Juntas, tradicionalmente, formamos redes de apoyo emocional, protección social, ayuda en la crianza y en el cuidado de los mayores, transmisión de la cultura y de los conocimientos… capacidades, todas, que sostienen una sociedad. El Estado no nos ha podido reemplazar, al menos no bien. Sin embargo, se sigue aplaudiendo una igualdad que se acerque más a lo masculino y que desdeña las virtudes más femeninas. En lugar de valorarlas, se las desprecia empujando a las mujeres hacia un modelo masculino de éxito. El resultado es que perdemos nuestro propio poder sin ganar poder real. Lo que sucede es un desplazamiento del poder hacia el poder del Estado y por lo tanto eso, en mi opinión, es control. Y es tóxico; porque genera rivalidad y nos divide entre nosotras y nosotros, y divididos somos mucho más fáciles de manipular.
El otro día, sin ir más lejos, me mandaron un artículo que criticaba que la IA “redirige a las mujeres hasta tres veces más hacia ciencias sociales y salud, mientras incentiva en los hombres el liderazgo y la ingeniería” y “no cuestiona los roles tradicionales sino que los legitima. Lo cierto es que, si no cambia la realidad, no podemos pedirle a la IA que cambie sus respuestas”, criticaba una mujer, todavía hablando de roles, como si todo fuese una cuestión de tradición cultural, de educación, y despreciaba nuestras inquietudes femeninas, porque efectivamente, la IA no es que nos redirija, sino que es bastante pelota y refuerza lo que somos, queremos y sentimos.
La lucha por el control es una constante en la naturaleza humana. Si antiguamente se nos controlaba y manipulaba juzgándonos por nuestros pecados —y ya nada es pecado, sino delito— no sé cuántos siglos más vamos a tardar en dejar de ser juzgados y manipulados por nuestra biología. El tiempo necesario para que quien ostenta o pretende el poder nos consiga o se crea que nos consigue reemplazar. Nunca. Eso espero, porque yo aspiro siempre a la libertad, y por eso creo que la intervención del Estado en nuestras vidas ha de estar limitada; a esa sí que hay que controlarla.
Desde la luna y en las distancias cortas, las mujeres somos unos animalitos muy apetecibles, misteriosos y poderosos; por eso los que nos temen nos quieren siempre dominar. En cambio, los que nos aman… los que nos aman nos disfrutan, se abandonan y se dejan guiar.
Me han tratado de controlar muchas veces a lo largo de mi vida. Incluso han usado la fuerza. Pero también me han querido y me he sentido muy querida muchas otras veces. Es imposible no estar una vez en una situación y otra vez en otra.
Alex
P.D.- En la foto, El Origen del Mundo de Gustave Courbet, pintado en 1866. Está en el Musée d’Orsay de París.
Y la banda sonora 👇🏻 Mala Rodríguez y Omar Montes, Yo no soy un ángel
¡Gracias por leerme!
Espero vuestros comentarios y abrir la conversación 😉

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