El coleccionista

Two gin and tonic cocktails garnished with lime and orange slices on a bar counter with a couple in the background

Ramón era un actor sin popularidad pero con vocación. Pagaba sus gastos fijos con el sueldo que recibía como dependiente en una de las empresas que hacen que los números macroeconómicos en España salgan bien, mientras que las alegrías se las sufragaba con lo que, de vez en cuando, ganaba como secundario en alguna producción de cine o como protagonista en alguna función de microteatro o de publicidad. Las emociones, sin embargo, le salían gratis y eran lo que alimentaba su alma, más que un viaje, o que una tortilla francesa de tres huevos, incluso más que un cocido, un gazpacho, un aguacate o un plátano. Pero las emociones no siempre tenían la misma intensidad y el tedio se le instalaba durante periodos de tiempo que se le hacían largos y espantosos. Periodos en los que trataba de estirar, usar y reusar las emociones guardadas.

—Soy un Diógenes de la emoción —le dijo a Claudia.

Claudia era una bailaora de flamenco que había conocido en un tablao y que no veía desde hacía mucho tiempo porque había pasado una larga temporada en México, de gira. A Ramón le fascinaba Claudia de los pies a la cabeza. La mano de la bailarina apoyada sin tensión sobre la mesa pero posando, con el dedo anular perfectamente colocado y acostumbrado a su lugar; el movimiento del codo dirigiendo el brazo para sujetar la copa; la nuca recta, la barbilla ladeada; su mera colocación le producía emoción. La encontraba bella. Y su belleza le llenaba el estómago a la inversa, se lo encogía, se lo concentraba y le procuraba una digestión larga que metabolizaba y que almacenaba cada uno de los nutrientes en la memoria.

—No te entiendo, Ramón, ¿qué es un Diógenes de la emoción?

—¿No has visto nunca uno de esos ancianos que sacan en la tele porque ha entrado la policía en su casa y se han encontrado que vivía rodeado de millones de cosas, que no cabía ni él?

—Ah, sí, qué horror. Pobrecitos… acaban sepultados en basura. Una vez salió en las noticias que entraron los bomberos en casa de uno. Y tardaron varias horas en dar con el viejecito, y cuando dieron con él, se encontraron el cadáver momificado dentro de un laberinto de basura. Y no te creas que era una casa grande, al parecer era un pisito. ¿Cómo se te puede ir tanto la olla con la vejez?

—La soledad, supongo.

—Es impresionante. ¿Tú no acumularás basura, no?

—No… A mí no me da por acumular cosas, acumulo… emociones. No las puedo soltar. No quiero.

—Eso es bonito, Ramón. A mí también me gusta acumular emociones.

—¿De verdad?

—Sí, claro. Yo también, como tú, interpreto cuando bailo. Y tengo que tirar de emociones y para eso tengo que tenerlas aquí guardadas —dijo, señalándose la sien con el dedo índice—, bien memorizadas —dándose un par de golpecitos—. La ira —abrió los ojos y frunció el ceño—, ves. Esto, de cuando me enteré de que el cabrón de Luis se enrolló conmigo y me ocultó que tenía novia. Y esto —levantó una ceja e inclinó la cara— de cuando le vi la primera vez… Ves… Todo lo registra el cuerpo.

—Claudia, eres muy buena. Joder, te tengo que presentar al director de mi próxima obra… Esta justo buscando una actriz para un papel.

—Deja, deja… que yo con machacarme el cuerpo a bailar ya tengo suficiente.

Ramón le dio un último trago al Saint Clair que estaba ya bastante aguado.

—¿Te apetece otro?

Claudia asintió.

Ramón levantó la mano —que Yas, el camarero no ignoró— la giró, la colocó como haciendo el símbolo de la victoria y por si no le había quedado claro al camarero, o por inercia, la volvió a girar.

—El problema, Claudia, es que yo tengo un cacao de emociones que ya no sé ni cómo tirar de ellas ni cómo gestionarlas. Me engancho a todo, no suelto nada, acumulo basura, pero emocional.

Yas sirvió los gintonics mientras los dos le miraban embobados en silencio. 

—Qué bien los preparas, Yas. Qué arte tienes, hijo —le piropeo Claudia.

—Tú sí que tienes arte, Claudia— correspondió el camarero antes de volver a la barra.

Claudia empujó el hielo hacia abajo con el dedo, removió un poco la ginebra con la tónica, se chupó el dedo y miró a Ramón directa a los ojos.

—Tú te has enamorado, ¿no?

—Sí. Lo he estado, muchas veces, pero ya no… Ahora ya no me puedo enamorar, no del todo, porque conviven todas las mujeres de las que me he enamorado antes, juntas dentro de mi cacao emocional y fíjate: siento que las quiero a todas a la vez, pero a ninguna de verdad, desde luego no apasionadamente. 

—Háblame de ellas. Puede que no sea pasión lo que te falta, sino que ninguna de ellas te ha descolocado lo suficiente.

Ramón reflexionó un poco antes de contestar:

—O puede que sea un amor imposible.

—¿O sea que repartes migajas entre varias para no enamorarte de la que no puedes?

La lucidez de Claudia le sorprendió.

—Tengo miedo a sufrir, Claudia —admitió él por fin.

—Eso se pasa. Cuando alguien te importa de verdad, se te quita el miedo.

—Temo no ser correspondido por igual.

—Eso ya es otra cosa. Y te digo algo: eso tiene trampa, porque si tú no das, tampoco recibes. 

»No tengas miedo a dar, Ramón. Si ves que no hay reciprocidad, pues te pegas media vuelta y te liberas.

»A ver… pero y del elenco ese que tienes, ¿hay alguna que te mole más?

—La verdad es que sí. Hay una. Te va a sonar a cliché, cursi… Me da hasta vergüenza…

—Ahora no me puedes dejar así… Sigue… Cuenta…

—Teníamos una química brutal. Animal. Es como si la conociera de otra vida… pero en esta, nuestras vidas son incompatibles. Es imposible. En realidad, fíjate, la culpa de todo la tiene ella. La he buscado en otras mujeres y bueno, así he ido acumulando emociones…

Claudia soltó varias carcajadas en cascada.

—¡Anda que no eres golfo tú ni na’!

—Que no, Claudia, que no es eso. Me importan. Por eso no quiero ni puedo renunciar a ninguna. 

Claudia le miró buscando la verdad y la encontró y sintió pena. Ramón no era un seductor, no acumulaba emociones vacías, buscaba una reproducción de lo imposible. Cada emoción guardada era un intento fallido de encontrar lo que él ya tenía catalogado como inalcanzable.

—Ramón… Tú no eres un… ¿cómo era?

—Diógenes.

—Eso, Diógenes… Tú no acumulas vacío, acumulas afectos. Tú no eres un Diógenes, eres un coleccionista. 

Ramón quiso besarla. 

—Pero —dijo ella— sí, estoy de acuerdo contigo, si quieres pasión vas a tener que elegir.

Alex

P.D.- Espero que os haya gustado el cuentito de hoy. La foto está generada con IA. Y la banda sonora C. Tangana Demasiadas mujeres