Me he dado cuenta que yo tampoco resisto más de cinco segundos un video de Tik Tok, quizás menos, quizás ni llego a tres segundos, a uno, antes de deslizar el dedo por la pantalla para pasar al siguiente y darle una oportunidad a otro. Será porque son muy malos. La mayoría no me interesan nada. No tengo ningún déficit de atención, cuando algo me gusta soy perfectamente capaz de concentrarme en ello durante mucho más tiempo, pero si no me interesa, paso. Todos pasamos. Dicen que el cerebro tiene la capacidad de concentrarse y prestar atención de seguido solamente durante veinte minutos; nada debería durar más de veinte minutos, mucho menos una clase; pobres alumnos. Estar sentada en el aula del colegio durante casi una hora siempre me ha parecido una tortura, sobre todo en la infancia. Pero esa es otra cuestión. La cuestión de hoy es que en la búsqueda de algo interesante, por ejemplo haciendo scroll, uno puede perder mucho tiempo, incluso más que veinte minutos; una eternidad. No es de extrañar que cada vez haya más gente que se esté dando de baja en las redes sociales. El otro día salió una encuesta en el telediario que decía que los jóvenes votaban por prohibirlas, no solo a menores, a todo el mundo. La juventud, siempre tan radical.
Al principio, a mí, las redes me hacían mucha gracia, porque cada uno te contaba, te mostraba un poquito de su vida, o te compartía un pensamiento, o lo que se iba a zampar. Era una conexión a su universo particular. Pero, poco a poco, se fue agotando el contenido original —generar contenido diferente cada día es dificilísimo— y empezaron los refritos, retuits, re-como-se-diga. La mayoría nos convertimos en amplificadores de otros creadores, y todo se volvió más aburrido. Para colmo, se llenó el espacio de ruido, de imitadores y de gurús sin titulación alguna. Y así hemos acabado, dándole al dedín sin parar, haciendo algo que naturalmente hacemos muy bien: buscar una aguja en un pajar.
Francamente, yo sabía que uno se puede aficionar hasta la adicción al alcohol, al tabaco, obviamente a las drogas, y hasta a una persona, pero no a buscar y rebuscar. Aunque tiene sentido, ahora lo veo, a mí de pequeña me encantaba separar las piedrecitas de las lentejas —en mi época, uno encontraba piedrecitas en las bolsas de lentejas. Las esparcías encima de la mesa, retirabas las chinitas y luego ya las metías en un bol con agua a remojar; las legumbres siempre se han de poner a remojar la víspera de cocinarlas, las que te venden previamente cocidas, no. Lo digo porque hoy en día que te dan todo medio hecho, a lo mejor algún cocinitas no sabe que las legumbres vienen en saquitos y no solo en tarros de cristal; a las precocinadas con enjuagarlas para quitarles los químicos conservantes, basta—, también me gustaba hacer puzles, que en el fondo es otra modalidad de búsqueda con recompensa; encontrar tréboles en la hierba y jugar al escondite, incluso al escondite inglés.
Hemos metido todo eso, y más, dentro de la palma de la mano.
Cuando consigo eliminar todos los bloquecitos de mi aplicación Brick Out, que sustituí por el Candy Crush, pensando que era menos adictiva, mis ojos hipnotizados con las bolitas ven fuegos artificiales y mi cerebro agradece el chute de dopamina; es tan penoso como sensacional. No le aporta nada al guiso, no trae buena suerte, no es ni siquiera un estímulo social; es la contemporaneidad.
Me he vuelto a ir por los cerros de Úbeda.
Buscar, buscar… Un premio, validación, emoción… Para buscar algo, o alguien, hoy en día uno solo necesita una aplicación. Y no es malo, cuando se usa como herramienta, pero sí que lo es cuando sustituye una experiencia, y no digamos cuando te hace perder más de veinte minutos, ¿o no?
Alex
P.D.-Todavía no me he enganchado a las frutinovelas ¡Menos mal! En la foto el jueguecito del Brick Out congratulando la partida.
P.D.2.- Claro que las películas, el teatro y las series de ficción pueden durar más de veinte minutos; ¡eso claro que sí… !
Y la banda sonora 👇🏻 Rehab – Amy Winehouse 🙏🏻

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