Caprichos e ilusiones

Tengo un amigo al que le haría mucha ilusión casarse con otro amigo mío —o sea: nuestro, porque el amigo es común— pero su motivación no es nada romántica, lo que quiere son sus títulos; le hace mucha ilusión ser marqués o marquesa, según le da, y conde o condesa consorte. Cuando le pide en matrimonio, y el otro le rechaza, porque no entiende, intenta convencerlo pintándole un futuro de lo más glamuroso. Se compran un yate, se recorren los siete mares y me invitan. Yo entonces pongo mis condiciones: llevar mi propia almohada, bajarme donde me dé la gana y no madrugar. Al señor Conde y Marqués siempre le parece bien todo lo que pido, es muy relajado, y al consorte imaginario, mis caprichos tampoco le importan. Así que, pactadas las condiciones, embarcamos en algún puerto mediterráneo y dos o tres noches después, llegamos a Venecia —nuestro amigo el Conde dice que llegar a Venecia en barco es lo más— nos tomamos unos Bellinis en el Harry’s Bar y seleccionamos la nueva tanda de invitados, porque nunca son los mismos, van rotando.

Yo, que a veces juego a ser una aguafiestas —es una crueldad, lo sé, pero como me conocen me la permiten, y me la contradicen— empiezo a cuestionar los metros de eslora, que si son pocos, que si para qué comprar el barco cuando podemos alquilar uno y ahorrarnos los gastos de todo el año, que si el mal de mar… le pongo pegas hasta a las constelaciones de estrellas y de paso, me niego a bañarme en alta mar, pero mis amigos van desmontando mis objeciones, una a una, hasta doblegarme.

Nos encanta. Imaginarnos así, ellos dos casados, yo de carabina, recorriendo todos los puertos juntos, acompañados intermitentemente por invitados simpáticos que nos traen noticias de tierra firme; es nuestro plan perfecto; lo que más nos divierte.

Como somos los tres un poco caprichosos, todavía no hemos dado con la embarcación adecuada, ni la manera de poder pagarla, así que en vez de sacarle punta a todo, el otro día, propuse subirnos en un crucero con otros mil pasajeros. Yo, la aguafiestas, en mi esencia. No sé ni cómo me aguantan.

A la Condesa Consorte casi la convenzo cuando le dije que un buque de esos casi ni se mueve, pero no picó. El Conde ni se molestó en objetar. Finalmente, hemos quedado en volver a hacernos millonarios y comprar un barco acorde a nuestros viajes.

A mí esto de los sueños, las ilusiones y hacer planes me gusta mucho. Es algo que considero fundamental. Sirve igual con los amigos que con los amores. De hecho, lo he usado mucho como prueba a la hora de seleccionar candidatos. En el momento adecuado soltaba el anzuelo para ver si el pretendiente lo mordía y se ponía a imaginar escenarios en los cuales obviamente yo tenía que ser la protagonista.

Le he dado la vuelta imaginaria al mundo varias veces, me he cruzado la India en el Maharaja’s Express y me he despertado en Estambul en el Orient Express —tengo tendencia a los trenes; la culpa es de Agatha Christie—, y me he recorrido La Pampa, cruzado los Alpes, bordeado el Volga, a pie, porque soy una caminadora nata, me rechifla andar, tanto como a Forrest Gump.

Recuerdo alguno que otro que soñaba con tener diez hijos —un equipo de fútbol, decía, cuando yo no veo ni el mundial—, un tercero con convertirme al islam —qué iluso— y un cuarto, creo, porque no era demasiado transparente, atarme a la pata de la cama y encerrarme en un harén. La imaginación es una experta y muy útil delatora.

Me quedo con los marqueses. 

Alex

P.D.1. – Nuestro amigo, además de marqués y conde varias veces, tiene un título que me encanta, con nombre de flor blanca y dulce, no me extraña que el otro se quiera casar con él. La imagen está creada con IA.

P.D.2.- Guardad este truco bien, no os vayan a vender una moto y os la podáis creer,

y la banda sonora 👇🏻 un bel trío: Ornella Vanoni, Toquinho, Vinicius de Morales – La voglia, la pazzia