Spooky Season

Ahora que parece que ya hemos pasado los veranillos de San Miguel, que ha empezado el otoño de verdad, que me meto debajo de mi manta y que se acurruca a mi lado, buscando el calorcito, mi bodeguera, siento, ahora sí, que estamos en Spooky Season, el adviento de Todos los Santos, de Halloween. Empieza el recogimiento. El atardecer adelantado, las hojas amarillas, la ensalada de escarola con arilos de granada, las castañas glaseadas, los almíbares con nata fresca y las películas de muertos, todo anima a resguardarse dentro. Yo que soy de beberme los vientos. Tengo que tomarme la estación con chocolate vienés, crema de calabaza y chimeneas encendidas.

Si le doy cuerda al revés al reloj es mi estación del enamoramiento; por algún motivo extraño mis amores lunáticos suelen caer en otoño. Mis otoños están rellenos de primeros besos. Debo de tener algo de Novia Cadáver. Sería por culpa de un desalmado o de algún imprudente. O porque las noches largas con ojos de gato son mucho más apetecibles en compañía. En una misma compañía. En cualquier lugar que huela al almizcle agridulce de la transformación de la hojarasca en humus. El enamoramiento otoñal es la pequeña muerte más fértil.

Los árboles se desnudan con más facilidad que yo. La estación de Hades tiene parada en el inconsciente y no quiero que me lleve ahí. Prefiero rememorar el sabor de las manzanas verdes y el de las manzanas caramelizadas al de los besos ácidos y dulces de los otoños enterrados. Nadie vuelve siendo el mismo del inframundo. Mucho menos Perséfone. La Perséfone que hay en mí. Además a mí el inframundo me abre el apetito.

Las dos novelas que he escrito, otra cosa de la que no quiero hablar, porque no sé cuándo se publicarán, las empecé en otoño y terminé en verano, que es cuando me pongo a escribir cuentos. Soy de ciclos, otra costumbre persefonesca que no viene a cuento. Aunque tampoco Perséfone contó nunca lo que sucede cuando es la diosa del infierno.

Tampoco se cuentan los trucos del cine, y como hoy escribo sobre las cosas que nunca diré, solamente revelo que la primera película en la que trabajé era una de terror. Aprendí un poquito sobre cómo pegar sustos. Resulta que no es tan difícil. A los niños se les da bien naturalmente. Basta con esconderse detrás de una puerta, salir de sopetón y gritar ¡buuuu! Es muy divertido. Sobre todo porque el peligro no es real. Aunque el mejor miedo de mentira es el que se construye con tu imaginación; el peor monstruo nunca es el que ves en la pantalla, sino el que fabrica tu mente. La anticipación es la que realmente te pone los pelos de punta. La de las palomitas —nunca me siento en una butaca sin palomitas— es la que te hace salivar. Alguna vez me he cuestionado: ¿cómo puedo estar forrándome a palomitas viendo lo que estoy viendo? Volver a la seguridad de la realidad es lo que produce placer después de pasar miedo. Me han recomendado ver Carrie —la serie que emite Prime basada en la película del mismo nombre basada en la novela también homónima de Stephen King, ¿os acordáis? La imagen de esa pobre chica cubierta de sangre de los pies a la cabeza es icónica—; voy a apagar la luz, a esconderme debajo de mi manta y a abrazarme a mi perrita.

Octubre. Hueso de santo.

Alex

P.D. – La foto es La Novia Cadáver, de la película de Tim Burton, si no la habéis visto, debéis hacerlo. Y si quieres escucharme junto a mis compañeros hablando de cine, del amor y de la vida puedes hacerlo en el podcast Confieso que pensamos en spotify, ivoox o en tu agregador de podcasts de confianza 😘

Y la banda sonora 👇🏻 Shivaree – Goodnight Moon