El poder de Cleopatra

Hace tanto tiempo ya que no me acuerdo exactamente quién fue, pero en un momento dado y por cuestiones que no vienen al caso, estuve hablando con una persona que sabía mucho de cosas misteriosas, tipo ovnis, fantasmas, criaturas extrañas, secretos vaticanos… Y me contó que cuando el National Geographic, o el Muy Interesante, o el Discover, bajaban sus ventas y necesitaban volver a vender suficientes ejemplares, lanzaban una portada con algún tema egipcio: ‘El secreto de los faraones’, ‘Tesoros perdidos de Egipto’, ‘Cleopatra’… Y las revistas se agotaban. La civilización del Nilo era un comodín y una salvación. Desconozco si Egipto conserva esa magia; la pongo a prueba hoy. No por necesidad —mis posts son gratuitos— sino por curiosidad.

Yo de pequeña me pensaba que era la reencarnación de Cleopatra, pero cuando vi que éramos demasiadas las reencarnadas, entendí que no podía serlo y que me tenía que conformar con querer parecerme a ella sin más. Todas o casi todas las niñas —al menos las de mi generación— se han pensado reencarnadas o han querido ser Cleopatra alguna vez. No sé si por culpa de Dame Elizabeth Taylor o por Asterix; ambas referencias me parecen prehistóricas ahora mismo, pero es que hay que tener en cuenta que en mi época te ponían las mismas películas una y otra vez. He querido ser bailarina y científico, y ya más mayor, lo que soy, pero también reina de Egipto; Nefertiti tampoco me hubiera importado nada ser. El ojo perfilado con khol, el peinado estilo bob, los colgantes de escarabajo, el poder. El poder seductor y político; sí, creo que eso también me fascinaba. Es un poco vergonzoso; desear tener poder suena fatal, a tirano, y yo no he deseado nunca ser una tirana, pero sí que hay algo ahí, algo un poco como de mandona, en el mejor de los casos algo parecido a lo que hoy se conoce como empoderamiento, que de alguna manera va asociado al poder y a la erótica del poder; a mi Cleopatrita interior le atraía ser deseada y poderosa a la vez. Quizás por eso, nunca me he dejado domesticar, al menos no del todo. 

Poder y deseo siempre están como saltando a la comba; a un lado la femenina seducción, al otro, la fuerza.

Supongo que si te quedas a estribor te conviertes en una geisha, y si eliges babor, en una guerrera como Atenea. Cleopatra en cambio no eligió, encarnó a las dos. Tuvo que hacerlo como mecanismo de supervivencia.

Yo nunca he sabido usar mi feminidad para obtener poder. Creo que, para saber hacerlo, hay que tener un grado más en osadía y en seguridad en una misma, y además bastante imaginación —aunque a mí, imaginación no me falta— y obstinación, y desesperación y miedo; hay que tener una mezcla de necesidad y descaro para decidir envolverse en una alfombra y aparecer desenroscada a los pies de un César. Quizás yo solamente quería ser Cleopatra porque en realidad el que me gustaba era Julio César, tan alto, tan rubio, tan estratega. Y Marco Antonio, tan moreno, tan pasional, tan guerrero. Cleopatra, al fin y al cabo, lo perdió todo. Terminó con su reinado y con su vida, envenenada con el mordisco de una áspid, y lo peor: su linaje se extinguió con el asesinato de Cesarión, porque Augusto no la amó, ni tampoco dejó un solo cabo suelto.

La tragedia es muy romántica.

No creo que hayamos cambiado mucho; yo siempre he pensado que cambian las herramientas, y la tecnología, pero que los humanos somos iguales a nuestros ancestros de hace más de dos mil o tres mil años. Sin embargo, dudo de que alguna niña hoy en día quiera ser como M.J Montero, la mujer con más poder del conjunto de la democracia (exministra y exvicepresidenta dixit), ni tampoco en el futuro, su reencarnación. Merkel, Thatcher, von der Leyen, ninguna de ellas me suena que sea un icono aspiracional. El poder no basta; no nos basta. Nosotras (mujeres de todos los tiempos) no nos conformamos solo con tener poder. Queremos que el poder se arrodille a nuestros pies, que nos adore, que nos desee hasta casi enloquecer; quizás por eso mujeres divinas como Shakira, Rosalía, Madonna… son las nuevas Cleopatras.

Somos demasiado exigentes.

Alex

P.D.- Tampoco Trump, Putin o Sánchez pasarán a la historia como iconos del deseo. También ellos, hoy en día, para conseguirlo, necesitarían fascinar, tanto como César, Napoleón o Aníbal. ¡Vaya! Pues sí que hemos cambiado, ¿o no? La foto es del cuadro Blue Liz as Cleopatra de Andy Warhol

Y la banda sonora 👇🏻 Raye – Where is my husband!