Miedos y miedos

Me siento a teclear y es un encargo. Me lo han pedido. “Me gustaría que escribieras algo sobre el miedo”.

El miedo… El miedo es lo que nos ayuda a permanecer vivos. Sin temor cruzaríamos el semáforo sin mirar, arriesgaríamos más de la cuenta, nos dejaríamos devorar.

Yo soy bastante miedosa y de niña admiraba a Juan Sin Miedo, el chico del cuento de los hermanos Grimm. Era consciente de que yo no era tan valiente como él, ni mucho menos capaz de pasar una sola noche en un castillo embrujado. Aunque una vez, dormí en un hotel encantado y tuve la visita del fantasma que también se alojaba ahí y lo superé. En cambio, hace unos años, viví una experiencia terrorífica, cuando me amenazó un fantasma de carne y hueso, y aquello me llevó al diván del psicólogo y a la camilla del fisioterapeuta. Lo mismo que daña mi mente, daña mi cuerpo. Mientras el fisio me masajeaba el trapecio como si fuera masa de pan, me explicó que el miedo es útil, además de para ser precavido, para activar tres funciones: huir, luchar o bloquearte. También me dijo que cada uno de nosotros tenemos una tendencia inconsciente a optar por una de esas tres reacciones —la mía sería luchar hasta el agotamiento—, pero yo no estoy tan segura de eso. Yo creo que, según como sea la amenaza, nuestro cerebro decide cuál es la solución que le parece más adecuada. No siempre reaccionamos igual. Unas veces salimos corriendo, otras, nos enfrentamos al peligro o a la amenaza y otras, nos paralizamos. Mi psicólogo completó las explicaciones y me dijo que, según el grado del trauma, nos podemos quedar enganchados al miedo y que a eso lo llaman: secuestro amigdalar. El cerebro reptiliano, el del instinto, interviene y empieza a decidir por ti, sin más lógica que la de la supervivencia, incluso cuando el peligro ya no está presente. La gracia es que para liberarse del secuestro mental, hay que usar el cuerpo, en concreto el pulmón, que curiosamente es el único órgano vital sobre el que nuestro cerebro puede ordenar y mandar; controlamos nuestra respiración; es lo que nos devuelve la calma y la razón. Cuerpo y mente están completamente asociados; para recuperarte de un sustaco tienes que doblar al especialista: psicólogo y fisio; ambos son necesarios. 

El miedo es incómodo, es una emoción desagradable, que deja huella, pero también es un aliado que te salva la vida y al que, sin embargo, hay que atar muy en corto, para que no te secuestre y haga que te pases el rato huyendo, luchando o bloqueado; y lo peor: sin darte cuenta. Porque en ese sentido el miedo es muy cabrón.

El miedo, además, tiene un efecto muy contagioso. Sucede igual sincronizando una bandada de aves, peces, caballos, como también, humanos. Somos muchísimo menos individuales de lo que pensamos. Adoptamos modas, estéticas comunes, dejes y formas de hablar, ideologías, estados emocionales como el optimismo, el pesimismo y, por su puesto, el pánico. Cuando el miedo se apodera de la sociedad sucede que pasa lo mismo: el cerebro, al mando del grupo, toma el control, y aunque esto suene un poco a ‘gran hermano’, tiene lógica y prueba histórica; la emoción se propaga como una onda y nos vuelve instintivos. Totalitarismos, cazas de brujas, fanatismos, histerias colectivas… todo eso viene de algún detonante del miedo. Un miedo igual de cabrón —o peor— que el individual, porque tampoco la sociedad se da cuenta que está siendo arrastrada a lo irracional. Por eso es tan difícil escapar de la sincronización colectiva.

Observa tus emociones, respira, recupera la calma y no reacciones, actúa.

He estado intentando recordar cuales eran mis primeros miedos, los infantiles. A la oscuridad, a la muerte, a las peleas de mis padres… porque muchos otros eran solo una cuestión de prueba-error: el fuego quema; la electricidad te pega un latigazo que casi te electrocuta; si te tiras por el balcón te rompes los calcáneos; el gatito desconocido araña; la niña, tres cursos más mayor, que te hace bullying, es simplemente una imbécil… y así. Pero es que los miedos infantiles son los fundacionales. Por ejemplo, el miedo a la muerte, como a la incertidumbre —se parecen—, es un miedo que hay que abrazar, porque no tiene respuesta, sirve para aprender a aceptar; a la oscuridad, que se supera aprendiendo a confiar, o al conflicto, que es igual que temer el abandono, y lo que te enseña es a quererte a ti mismo.

El miedo es un maestro y un tirano. Estás obligado a aprender de él para liberarte de él. 

Me dan miedo —todavía— los insectos, es un apego irracional que no consigo soltar. De pequeñita el zumbido de una mosca en mi cuarto no me dejaba dormir. Me metía enterita debajo de las sábanas y no me atrevía ni a sacar la nariz para poder respirar. Sigo igual. Pero ahora duermo con el insecticida encima de la mesilla; lo mío, sin duda, es guerrear. También me sigue dando mucho miedo el dolor, en particular el dolor que siento al perder a la gente que quiero, por eso huyo de las despedidas —es difícil deshacerse de mí, pero no imposible—. Y a veces, siento miedo al fracaso, y es la razón por la que tardo e incluso aplazo la hora de tomar decisiones.

El miedo es invencible. Habrá que meditar y respirar.

Alex

P.D.- Espero que el post satisfaga a mi querido Íñigo 😉 y a todos los que me leéis.

En la foto salgo paseando tan tranquila. No quería salir con cara de susto 🤪

Y la banda sonora 👇🏻 Echo & The Bunnymen – The Killing Moon

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