—Media hora más con ella y me lo confiesa…
Tengo una fascinante —fascinante para mí, porque no sé ni cómo ni por qué— cualidad: la gente me cuenta su vida, sus deseos, arrepentimientos, que son los más secretos, sus dudas… Es una ventaja gigantesca para mí, porque tengo una fuente ilimitada de inspiración.
—Sí, anda… Cómo que te va a confesar a ti que es una asesina… Para que te vayas y lo denuncies en una comisaría —contrargumentó mi marido.
“Ajá…” pensé yo.
—Precisamente por eso… Inspiro confianza. Intuye, sabe que no voy a denunciar, ni, por supuesto, juzgar —esa era la clave—. Para eso están los tribunales. Presunción de inocencia, ¿recuerdas? Además, te digo una cosa: estaba deseando confesar.
Fuimos a cenar, advertidos sobre el rumor: ‘dicen que mató a su marido…’
Y ya en la copa, bien terminado el postre y el café, cuando estaban todos bastante piripis, inicié la entrevista.
—¿Tienes hijos…?
Os ahorro las tediosas preguntas y respuestas. Fue cuando dijo:
—Mi marido murió…
Y repitió:
—Murió… —añadiéndole un énfasis extraño a la palabra, y mirándome a los ojos, cuando supe que me lo iba a contar todo.
—Eso sí que es un divorcio express —me la jugué.
La mujer, que no puedo describir por miedo a las represalias, evaluó su respuesta durante un instante. Por eso me di cuenta de que lo que fuera a contestar no sería demasiado sincero sino más bien un disfraz; era una estratega y perfectamente convencida de que yo ya habría sido advertida.
Pero lo dudó. Pensó que quizás yo no me había enterado. Pronunció un par de frases que no entendí porque eran incomprensibles. Deduje que no sabía por dónde empezar. Y finalmente dijo:
—No se lo merecía… —mintió.
El rumor se convertía en hipótesis, por no poder afirmar que era ya, presuntamente, siempre presuntamente, una certeza. Y observé que ella me estaba midiendo a mí tanto como yo a ella.
—Lo siento… Veo que todavía te duele… —mentí—. Entonces no estás divorciada, eres viuda…
—Mi vida es una serie de televisión… —y reveló su talón de Aquiles: era una egocéntrica.
Ya era mía. Me lo iba a contar todo. Abrió la boca y antes de que sonara la frase que llevaba un rato preparada en la cabeza, interrumpí:
—No me cuentes nada que no quieras que todo el mundo sepa…
Y cayó en la trampa. Me di cuenta que no iba a poder controlar sus ganas de hablar.
Entonces, mi marido dijo:
—¿Nos vamos?
—¿Estás loco? ¿Justo ahora?
Pero es que hasta el maître ya se había despedido de nosotros. El restaurante estaba suplicando echarnos.
En la calle, la mujer me dio un abrazo amistoso, tenía algo más que una simple cortesía, y yo a ella. Hemos quedado en volver a vernos.
Guapa, elegante, metódica, narcisista, millonaria. Tiene todos los atributos de una viuda negra.
Nos bebimos una botella de Saint Clair con tónica entre todos; fresquita y ultra suave; las dos fuimos las únicas en no salir con un puntito.
Alex
P.D.- No pude recomendarle a mi amiga T.B., que es una de las mejores penalistas de Madrid, pero es que su abogado en el divorcio resulta que también es su actual pareja y el hombre que la acompañó a nuestra cena.
La foto es porque me patrocina Saint Clair London Dry Gin 😇🩵
Y la banda sonora Cell Block Tango – de la película Chicago 👇🏻
Y con subtítulos en español 👇🏻

Os leo 💋