Melancolía, maldita melancolía

Hubo un tiempo en el que me sumergía en los recuerdos o en el estado que parece que habita en otro momento y me gustaba. Tener el espíritu de viaje, un poco lejos, confortablemente sentado en un vagón de tren, viendo el paisaje, inabarcable en una mirada, alejarse tan deprisa, con el movimiento del iris y de las pupilas tan rápido, basculando de lado a lado como una aguja buscando el norte en el norte, mareada casi; diciendo adiós, adiós; la melancolía dulce; me gustaba. Ya no.

He encontrado en la melancolía en vez de un vehículo, una celda. Entras ahí y es como si entraras en el Hotel California, sin fecha de salida. Igualito. Donde también hay chicos guapos, hombres atractivos, perversos, tentadores, y vinos deliciosos, canciones que te ponen la piel de gallina, olor a mimosas (a mí las colitas nunca me ha gustado) y una vieja sabia que no es otra que tu tú, la que lleva ya varias reencarnaciones intentado quedarse en el limbo y no volver. ‘¿Para qué volver? Solo las almas jóvenes deberían empezar un nuevo viaje’, eso dice la anciana. Me intenta convencer. Pero yo soy una joven prematura.

La semana pasada me ha llamado la melancolía un par de veces, rememorando, queriendo y sin querer, momentos compartidos, contestando a la curiosidad ajena —ha habido una conjura—, desvelando secretos. Y así, a lo tonto, he picado. Me he dejado llevar y me he encerrado un poco en el pasado; el mío. Mi pasado tiene ya unas cuantas heridas, quizás por eso le he cogido manía. No, no; cualquier tiempo pasado no es mejor. En mi melancolía hay olor a mimosa, a sandía y a jazmín, a tarima y a moqueta raída, a musgo, a brisa de mar y a terral, también a congoja, injusticias, enigmas sin resolver, a Sugus de piña… En eso iba pensando en el taxi, enumerando olores, de camino al teatro, con el aire acondicionado puesto —un alivio en plena ola de calor extraña para finales de mayo— justo dejando a la izquierda la puerta de Alcalá, conducida por un taxista que se empeñaba en interrumpir mi empeño por escapar de mi celda, encontrar un perfume que me llevara a un estado emocional diferente, el de la expectativa, que en aquel momento decidí que era antídoto a la melancolía.

—La calle Granada no está en Méndez Álvaro… ¿Seguro que vas a la calle Granada?

Yo, que quería rebuscar en las expectativas de mi vida, para sentir el estómago prieto, las ganas de no comer, el corazón palpitando, la energía de los nuevos comienzos, que es la energía que me gusta, tuve que apartar por un instante la tarea y asegurarme de haberle dado la dirección correcta.

—Sí, sí, Granada, calle Granada diez…

Volví a la expectativa interrumpida por ver la obra de mi buen amigo con mi otro amigo, tomarnos un vino en una plaza castiza, hablar de proyectos, reír —una expectativa no es suficiente como para neutralizar a la maldita melancolía, hacen falta muchas— pero es que todavía no me había dado ni tiempo a regodearme en ninguna.

—Pues la calle Granada no está Méndez Álvaro… Míralo en Google… —me dijo a través del retrovisor con una mirada inquisitiva que traté de esquivar con disimulo, recolocando mi postura hacia la izquierda. Saliendo del espejito maldito que nos unía.

Y me di cuenta de que era inútil volver a las expectativas, que tenía que ceder, hablar un poco.

—Tiene razón, me he liado, he confundido Méndez Álvaro con Menéndez Pelayo… Como las dos empiezan por Me…

—Pues están cada una en una punta…

—Sí, sí… Menos mal que usted se ha dado cuenta, porque si no no llego… voy al teatro… No se puede llegar tarde al teatro, porque no entras… —una manera subliminal de pedirle que no diera mil vueltas.

Pensé que con mi mini interacción quedaría satisfecho pero,

—¿Por dónde quieres ir? —preguntó, prácticamente cuando no quedaba otro camino posible.

—Por aquí vamos bien… en realidad da igual por qué lado bordeemos el Retiro… 

—Eso es verdad… Se llega igual.

—Madre mía… ¡qué calor hace! —cambié de tema…

—¿Subo el aire?

—No, gracias. Está perfecto.

—Me gusta llevarlo así, no muy a tope… para que no haya tanto contraste con el exterior…

—Es verdad, mejor así. Con los aires a tope uno se puede pillar una neumonía…

Y ya está, el antídoto de la melancolía me lo estaba inoculando el taxista, impidiéndome bucear en mis pensamientos.

—Qué tráfico, ¿no? —seguí.

—Es porque ya están cortando las calles por lo del Papa…

—Es verdad… La visita del Papa…

«El cielo de Madrid está tan azul como siempre, los árboles del Retiro tintinean cargaditos de esmeraldas, algunos huelen a miel, la feria bulle, atrae lectores ilusionados con sus escritores, mañana iré» iba mirando yo por la ventanilla.

Llegamos.

—¿Es aquí? —desconfió, a pesar de haberme pedido verificar la dirección, al ver mi cara de susto, sin saber que la última vez otro taxista tuvo que derrapar porque me había equivocado de teatro y me tuvo que llevar volando al correcto.

Pero es que el número diez de la calle Granada es un portal.

—Ah.. sí… ahí es… —contesté. Lindando estaba la entrada al local.

El hombre me sonrió con su mirada a través del retrovisor y yo a él, aliviada; fue muy amable, nos despedimos y me deseó una feliz función.

Alex

P.D.- La obra producida, escrita, interpretada por mi querido amigo Bernardo Rivera es mágica. Llena de melancolía que Bernardo matiza con su inconfundible sentido del humor. Dos actores, una puesta en escena magistralmente económica. Me encanta el teatro pobre porque se hace con mucha imaginación y te despierta la imaginación. Bendita imaginación. La foto la hizo mi partner in crime, Juan Pedro Tudela, y yo salgo al lado de mi amigo Bernardo (rodeada de hombres maravillosos). Con un vestido color marrón nada favorecedor, no recomiendo que os compréis uno; mi amigo Pepe Carretero siempre lo dice: ‘el marrón queda fatal’, pues tiene razón. Au revoir mélancolie!

Y la banda sonora 👇🏻 Eagles – Hotel California