Manitas y chapuzas

Antes, todo el mundo (o casi todo el mundo) convivía con el manitas o el chapuzas en casa. Venía por la mañana, entraba y salía para comprar materiales, a veces para comer en su casa, opinaba sobre todo, tardaba la vida en arreglar un enchufe, una humedad, el plomo fundido, en colgarte un cuadro, emplastecer el hueco que había dejado otra alcayata, si no era una cosa era otra y se marchaba a la hora de cenar. 

Cuando yo era pequeña, en mi casa, teníamos a Antonio el albañil, que era feo a rabiar y, sin embargo, tenía una vida sentimental de lo más entretenida. Llegaba cargado de bolsas, que metía en su carretilla, que dormía en el garaje, y saludaba a mi madre, a la que pillaba desayunando. 

Mi madre desayunaba en el comedor, en camisón largo y con su bata y sus zapatillas —en piqué blanco, en rasos o sedas de colores pastel—, todo a juego, siempre lo mismo: un café con leche y una tostada de pan con mantequilla salada, mientras Antonio el albañil le daba el parte. “Me ha echado de casa otra vez… He dormido en el hotel…” y mi madre le regañaba: “¿pero, Antonio, qué has hecho esta vez?”. Y es que resultaba que a Antonio se le tiraban las mujeres al cuello porque al parecer ganaba mucho dinero. Además de hacer las chapuzas caseras, era capataz, y de los muy cotizados, pero a él lo que le gustaba era venir a mi casa y de paso charlar con mi madre.

Yo, sinceramente, le miraba pasmada. Era bajito (y a mí solo me gustan los altos), calvo, aunque lo de ser calvo es de hombres viriles (algún secreto debía tener), moreno y la piel curtida por trabajar en la obra y a la intemperie; no me explicaba el éxito por mucho dinero que tuviera. Pero como dijo Marilyn Monroe: “un hombre rico es lo mismo que una chica guapa”, o algo así, ante mi asombro, me explicó mi madre.

“Mira, Antonio, que un día no te lo va a perdonar…”, le advertía mi madre a menudo, y efectivamente, un buen día su mujer le puso las maletas en la puerta y se divorció. 

Yo me casé y me divorcié, la primera vez, hice las dos cosas en menos de un año, y después compartí piso con una amiga que se casó, se divorció y se hizo lesbiana —anda qué no me han preguntado veces ni nada si me tiró los tejos, pero no, a mí, no— a lo largo de varios años; así es la vida. Teníamos un manitas heredado de otro amigo, un productor de cine que se creía la pera por haber financiado una película de Almodóvar. En realidad era un manitas prestado, pero como nos lo quedamos digo que lo heredamos. Vicente el manitas opinaba sobre todas las cosas, tanto sobre las domésticas como sobre las sentimentales. “Ese chico no te conviene, Aless”, «tú te mereces más…». Mi época entre maridos fue muy divertida y entonces los pretendientes venían a casa a recogerte, y subían, no te esperaban abajo en el portal, o en el sitio de turno, te esperaban en el salón mientras terminabas de arreglarte, y Vicente el manitas los recibía y les hacía la ficha. Era un consejero excepcional.

El último manitas de mi madre se llamaba Alfonso, también era prestado/heredado, de una amiga que luego he heredado yo. He heredado lo mejor de mi madre: sus amigos y su genética. Pero a Alfonso, no. Y es porque a mi marido le gusta el bricolaje aunque es capaz de tardar un año antes de colgarte un cuadro. La última vez que vi a Alfonso fue en el velatorio de mi madre. Estaba desconsolado. Terminó desplomado, como una cuba; se pegó un buen porrazo. Yo le había dicho a mi hermana que solo se sirviera agua, pero no me hicieron ni caso, acabó el velatorio a lo funeral de película.

Hace unos días mi hijo Gus me dijo que ya han empezado los despidos masivos por culpa de la IA, “pues volverán los oficios, que ya no hay”, le contesté. 

—Volverán los fontaneros, carpinteros, albañiles, los manitas… Y bajarán los precios, porque ahora te cuesta un cerrajero un ojo de la cara… Y al ser más barato, la construcción será de mejor calidad, porque se podrán contratar artesanos… Toda esa gente que se va a la calle, se tiene que reconvertir y volver a los crafts… El mundo será mejor.

—Pues tienes razón, mamá.

Alex

P.D.- La foto es de unas flores de mi amigo Pepe Carretero, y que, como no quise esperar, colgué yo misma. Si me sustituye la IA, ya sabéis a quién llamar. Además en este post revelo alguna cosa a lo Truman Capote, si no tengo cuidado me juego o mi carrera de escritora o a mis amigos. Pero sé colgar un cuadro.

Y la banda sonora 👇🏻 Esta semana es doble.

Rusowsky – malibU , que escucho con Gus y nos encanta 😍

Y Enol – UN TORO ENAMORADO , videoclip oficial dirigido por mi hijo Gus St. Clair 👇🏻