Ropa tendida

La ventana de mi cocina da al patio interior del edificio, menos mal, porque en los últimos años la tendencia en cuestión de reformas ha sido la de acoplar la cocina al salón, cocinas americanas, y yo para eso, sigo siendo bastante tradicional y las prefiero en su sitio. Me gustan los patios interiores, porque son muy costumbristas, tienen ese punto castizo, humilde y sin artificios que me gusta. Son como una tramoya. Huelen, según la hora del día, a puchero o a ropa tendida. Y suenan en primavera a vencejo, en invierno a silencio. Son unos chivatos, y como yo soy muy curiosa y no tengo ni cortina ni estor ni nada que cubra mi ventana, sé cómo son los calzoncillos de los vecinos y cada cuánto cambian las sábanas.

Tuve una vecina que cada semana tendía unas sábanas que llevaban pintado el nombre de un hospital. En los hospitales no bordan las sábanas, las estampan. Sí. Se las había traído a su casa. Supuse que eran robadas, y que las usaba para vestir la cama de servicio, y me pareció una de las cutreces más extrañas que he visto en mi vida. Los nuevos de arriba tienen dos monstruitos que no saben andar, solo correr, y además arrastran las sillas; no tengo muy controlada su colada todavía, no son demasiado rítmicos —llegad vosotros a la conclusión— pero casi todas sus sábanas son blancas con su vainica. Hoy, de repente, han lavado una colcha de esas de algodón tipo india, con un estampado de cachemir y un elefante azul en el centro, y me he imaginado que tienen un cuarto en plan bohemio, con un póster de algún atardecer, y una lamparita de sal color naranja; pues sí, todavía hay gente que decora así. Deduzco que no usan mantel, porque nunca he visto colgado uno y echo en falta la mantelería, o puede que los metan en la secadora. La empleada del viudo de enfrente me saluda por las mañanas cuando abre la ventana para tender lo suyo mientras yo miro cómo va pinchando cada pinza a un calcetín y me tomo mis cuatro tazas de café. Sé que no tiene secadora porque mi vecino me lo ha dicho cuando me ha pedido, varias veces, que si podían entrar en casa para arreglar las cuerdas que unen su alfeizar al mío.

A mi amiga más antigua, creo que también le gustaban los patios, o las cocinas. De niñas creo que nos pasábamos mucho rato en las cocinas, porque nos criaban las tatas, seños, niñeras —existía bastante nomenclatura entonces para las cuidadoras— mientras nuestras madres se pegaban la vida padre, merendando con las amigas, en torneos de cartas, viajando, de compras y en sus quehaceres lúdicos en general. Una tarde se asomó por el patio, de puntillas, no llegaba ni al tope del peto de la barandilla, porque no tendría ni cinco años, y gritó: “¡Hola!”

Como ella vivía en el séptimo y yo en el cuarto, tenía mejor vista que yo sobre la galería de mi cocina, que daba al patio interior del edificio —muy grande y con las cuerdas del tendero sin compartir; iban en paralelo a la galería—, se dio cuenta de que yo miraba y buscaba de dónde provenía su vocecita y volvió a gritar: “¡Aquí!”

Por fin descubrí el color fuego de su melena espectacular, que era lo único que asomaba, le devolví el saludo y entonces dijo: “¡Sube!”

Hace unas semanas fue su cumpleaños y nos invitó a almorzar. Fuimos sus íntimas y su hija con una amiga, ropa tendida. 

Alex

P.D. – La foto es de ese día. Como yo tenía un flemón no os comparto la de grupo por coquetería. 

Y la banda sonora  Rocío Jurado – Ese hombre 👇🏻 porque la serie documental La más grande, estrenada en Movistar Plus+ ocupó un trocito de la conversación.

Esta canción, cuando yo era pequeña, me parecía increíble que contuviera tanto insulto y me hacía reír. Además, me imaginaba al enano insufrible y me hacía mucha gracia. La verdad es que tanto la canción como la Más Grande me siguen pareciendo geniales.