Hoy es el cumpleaños de mi hijo Adrián, mi hijo mayor.
Hacía un calor terrible, como el de hoy. Como había engordado más de veinticinco kilos —dejé de pesarme cuando llegué a esa cifra, probablemente engordé más; fui una embarazada nada comme il faut; las embarazadas perfectas suben un kilo al mes y hacen pilates, yo no, y en la cuesta final, el último mes, me lo pasé viendo cómo jugaba a Casper en la PlayStation mi marido, ni siquiera jugaba yo— y como el bebé era enorme, porque tuve diabetes gestacional, programamos la cesárea, aun así por la mañana me puse de parto. Todo salió como planeado. A la hora de comer ya era mamá. Y mi bebé nació perfecto, ‘con la cabeza redondita’, decía mi madre entusiasmada; ella tuvo todos los partos naturales y sus hijos nacimos con la cabeza apepinada, ‘todos menos tú, Alita, porque tú tienes la cabeza chiquitita, y naciste redondita’.
Le íbamos a llamar Maximiliano, porque nos gustaba Max. Entraban las enfermeras, veían el cartel con su nombre en la cuna y decían: ‘¡Maxi! ¡qué niño tan grande! ¡Este niño está criado! ¡Maxi! Va a ser rubio. Maxi, qué nombre tan bonito’. Y a mí de repente Maxi me dejó de gustar y a la siguiente enfermera le dije: ‘se llama Adrián’ y la enfermera ni me lo cuestionó, se apresuró a cambiar el cartel de la cuna.
En cuanto eres mamá, y más aún recién parida, descubres que de pronto tienes bastante autoridad.
No sé cómo lo hice, pero lo conseguí, había fabricado un bebé perfecto y en menos de un año me animé a repetir. Mis dos hijos, Adrián y Gustavo, son lo que mejor me ha salido nunca.
Adrián es muy alto y rubio, elegante, educado, culto y muy valiente. Me ha salvado muchas veces de arañas, avispas, bichos, una vez, de un alacrán. Incluso le he tenido que recordar en alguna ocasión que no se preocupe por mí, que mi trabajo es cuidarle yo a él y no al revés.
Creo que queda poco ya para que siente la cabeza. Cuando hicimos la película La Mula, Juan Eslava Galán me explicó algo parecido a que los soldados tenían que rondar todos la veintena, porque a partir de cierta edad maduran y ya no hay quien les mande al frente; se hacen más conscientes del peligro. Me quedé con la idea, porque Adrián se ha tirado de cabeza por las escaleras subido en su triciclo, por una cuesta en longboard, en tirolina por unos cuantos precipicios, (etc) y yo me he mareado, casi desmayado y le he tenido que llevar a urgencias en taxi porque con los sustos no he podido ni conducir. En breve será un poco más cauteloso, habrá quemado otra etapa, aunque creo que ya es bastante precavido.
Lo que espero es que nunca pierda la curiosidad. De pequeñito se hizo con las tijeras y rajó el sofá para ver cómo era por dentro. Como yo le había visto levantar la alfombra para ver qué había debajo cuando todavía llevaba chupete y gateaba, no le monté un pollo del cien, porque ya sabía de su motivación científica, pero le pedí que no desguazara la casa para averiguar cómo son las cosas. Afortunadamente no rajó nada más y, usando otros medios, nunca ha dejado de explorar.
Para mí siempre será mi niño, como para mi madre ‘siempre fui su niña’, y es verdad y es gracioso lo tarde que lo he comprendido, porque es muy fácil mirar a tu hijo adulto y reconocer al niño. La misma constitución, la misma manera de caminar, la misma mirada inteligente e inquisitiva.
Aunque ya no le canto canciones, y eso que le gustaban, ¡con lo que desafino!
Alex
P.D.- ¡Feliz cumple, Adri! ¡Disfruta de tu día! ¡Te quiero!
P.D.2-La foto es una que me encanta de mi león, con su melena de cachorro, hace unos cuantos años.
Y la banda sonora 👇🏻 Summertime – Ella Fitzgerald que tantas veces le canté, con la letra un poco cambiada, claro, para que se durmiera.

Os leo 💋