Si el califa levantara la cabeza… La actual invasión de Al-Ándalus le parecería una porquería, de pacotilla. No he oído a ninguno de los que se han montado la chabola y el mercadillo en las playas y rincones de mi patria decir que esa tierra es marroquí, ni han plantado una bandera. Nada de eso. Todo lo contrario, gritan alabanzas a Pedro Sánchez y a España —a España, menos— y dicen: ‘¡noooo! ¡A Marruecos, no!’. El califa se avergonzaría con tanto desprestigio. Así no se organiza una invasión. Se organiza una extorsión, un me cago en tu patio, me fumo un porro, un aviso. Se miden fuerzas. Y en ese sentido al califa quizás le parecería un éxito. Porque es un paso —y no el primero—.
Nuestra historia es una historia de invasiones.
Roma conquistaba y absorbía. Incorporaba élites locales, concedía ciudadanía, conservaba administraciones locales y adoptaba elementos culturales de los pueblos conquistados. Fue la Grecia conquistada quien conquistó el pensamiento de Roma. Los visigodos siguieron de alguna manera ese mismo patrón. Eran una minoría dominante sobre una población hispanorromana mucho mayor y terminaron romanizándose: adoptaron el latín, el catolicismo, las instituciones jurídicas… Y, en cierto modo, fueron Roma después de Roma. En 711, Tariq cruzó el Estrecho y el reino visigodo, dividido por su crisis sucesoria, cayó. Pero la conquista musulmana tampoco se hizo solamente mediante batallas. Hubo pactos, capitulaciones, conversión y matrimonios estratégicos con la nobleza visigoda. Los españoles en América también llegaron a un imperio dividido; y también siguieron exactamente la misma estrategia; crearon alianzas y utilizaron los sistemas preexistentes.
Ninguno necesitó destruir completamente al anterior. Ninguno empezó de cero sobre el territorio conquistado.
El vencedor aprovecha carreteras, burocracia, instituciones, leyes, redes comerciales… Y transforma identidades, cambia la cultura, la religión, muchas veces sin imposición absoluta, sino porque pertenecer a la cultura dominante ofrece ventajas.
En pocas generaciones la ciudad-estado de Roma se hizo Imperio Romano; la sociedad tribal de Arabia terminó siendo uno de los imperios y focos culturales más grandes de la historia, y en España no se ponía el sol.
Ciudades ricas, comercio, estabilidad, bibliotecas, mecenazgo, circulación de personas, prosperidad y prestigio. Todos los imperios tuvieron su cénit. Y, posteriormente, su caída. Porque todos crecieron inmensamente para después, deteriorarse; cuando el coste de mantenerlos empezó a ser demasiado caro.
Un imperio se mantiene mientras la población acepta una fiscalidad alta porque el ‘Estado’ garantiza seguridad, prosperidad, orden, infraestructuras. Pero cuando aparece la percepción de que la relación entre impuestos y beneficios recibidos no es equilibrada —pago mucho sin recibir lo suficiente—, el sistema empieza a perder legitimidad y a debilitarse.
Entonces, aparece otro fenómeno histórico: se hace necesario pagar a ‘extranjeros’ para mantener tu paz o controlar tus fronteras. Roma y Bizancio lo hicieron. Les pareció más barato pagar a los pueblos vecinos que financiar una guerra. Y financiaron a los enemigos dándoles un instrumento de negociación: ‘la extorsión’.
Los imperios crecen absorbiendo recursos, cultura e instituciones. Prosperan mientras sus beneficios superan el coste de mantener el sistema. Empiezan a debilitarse cuando la población deja de considerar legítima la fiscalidad, la paz depende de financiar a quien te extorsiona o te amenaza y el talento y el dinero (suelen ser los primeros en irse) huyen.
La inversión productiva, quizás, es el indicador histórico más revelador. Hay una enorme diferencia entre una sociedad que utiliza sus recursos para construir industria, comercio, universidades y nuevas tecnologías, y otra que necesita utilizar una parte cada vez más grande del dinero público para pagar deuda, seguridad, burocracia o simplemente conservar lo que tiene.
La secuencia histórica resulta bastante reconocible. El hombre es el único animal que tropieza dos veces en la misma piedra.
Y todo esto sucede, no como en los libros de historia: en unas pocas frases, como en este post, sino poco a poco, episódicamente.
¿Cuánto tiempo le queda a Europa?
Alex
P.D.- Una potencia puede seguir teniendo leyes, ejército, instituciones, monumentos, universidades prestigiosas, mientras debajo de todo eso está ocurriendo otra cosa: su descomposición. Sin embargo, yo todavía me pregunto si es inevitable. Por eso creo que es importante ver las cosas con perspectiva si uno quiere cambiarlas. Sobre todo en un planeta en el que el Banco Mundial, en 2026, estima que solo el 4 % de las mujeres del mundo vive en economías con una igualdad jurídica casi completa. El índice mide diez ámbitos relacionados con la vida económica —seguridad frente a la violencia, trabajo, emprendimiento, propiedad, pensiones, cuidado infantil, etc.—. Una mujer en España o Francia está obviamente en una situación jurídica radicalmente distinta a la de una mujer en Afganistán o en Irán. Quizás irse no sea la solución. Quizás tengamos que defender y salvar lo nuestro, o quizás yo soy una ingenua.
La foto es Ceuta, del 14 de septiembre, Agencia EFE
Y la banda sonora 👇🏻 Manzanita – Dejadme Llorar

Os leo 💋