Diario de un resfriado

Se me ocurrió despelotarme, casi del todo, me quedé con la camiseta puesta y el tanga, descalza, y me puse a regar los helechos de la entrada de donde huyeron espantadas un montón de maripositas pardas. Supuse que la combinación de fresco y polen y atardecer de septiembre que lo baña todo de amarillo fue lo que provocó los primeros estornudos pero supuse mal, a pesar de lo súbito del ataque de mocos, no era alergia, era un maldito resfriado. Lo supe por la mañana, el paracetamol con antihistamínico, que me tomé antes de acostarme, no había impedido que me doliera la garganta, se me taponaran los oídos, se me apagara la energía, se me fundieran los plomos.

Estuve a punto de mandar un mensaje y decir: ‘no me esperéis, me he cogido un buen trancazo’, pero en vez de eso puse la alarma para la hora de comer, cerré los ojos y me encerré dentro de mi cuerpecito caliente a digerir Frenadoles, limón y miel y un gramo entero de vitamina C. La boda era a las seis y media, con suerte metabolizaría la energía suficiente como para acercarme a la iglesia, saludar de lejos, dar la enhorabuena, formular mis deseos, y después, ya vería. 

Sonó la alarma y volvió a despertar al dilema. Si me quedaba en la cama, mi cabeza lenta se decía que me iba a perder uno de los momentos más importantes de la vida de mi amiga, con la ilusión que le hacía compartirlo con sus amigos, que la gente va resfriada a trabajar y hace el esfuerzo —con lo irresponsable que me parece siempre a mí ir contagiando el virus por ahí—, que comiese algo, me duchase e ignorase la enfermedad, que todo es psicológico, y que una ducha y un salmorejo son mano de santo.

Llegué puntual y bastante compuesta, a pesar de haberme olvidado del abanico. Las paredes de la iglesia todavía olían a recién pintadas y deduje que lo mío era un resfriado común, que no era COVID, ya que conservaba el olfato. Me concentré en la ceremonia y en no desplomarme. Alguien me preguntó si me encontraba bien. En mi burbuja de supervivencia, encerrada dentro de la congestión, con mi mirada ardiente, mezclé el mareo con el misticismo. Aproveché para rezar el padrenuestro. En silencio. Procuré hablar poco porque mi conciencia cada vez me gritaba más alto, ‘¿cómo se te ha ocurrido haber venido? Vas a ser el paciente cero del evento. Vete ya’. 

Cuando me volví a meter en la cama con la tranquilidad de no tener que mover un músculo más, me empecé a encontrar mejor. Noté la bajada de cortisol y me abracé al descanso sin exigencias. ‘Los estados carenciales’, me acordé del libro de Ángela Vallvey y de los anuncios de la tele. ‘Para los estados carenciales, para los estados carenciales, para los estados carenciales’; mi mente entró en bucle, porque tengo un rasgo TOC, y estaba en un estado carencial que me impedía continuar, componer y terminar la frase. Sentí que tenía los muslos calentitos, que sería fiebre, y que me daba igual. Que si el paracetamol no hacía su magia, lo haría mi cuerpo, y me quedé dormida un ratito más. Lo suficientemente largo como para volver a recuperar algo de energía y volver a enchufarme otra dosis del antipirético.

Así he estado un par de días, con la mente en stand-by, las neuronas flotando, mientras el cuerpo fabricaba anticuerpos y se cargaba al intruso que había invadido mis vías respiratorias. Se me ha inflamado un ganglio y después, desinflamado; mi sistema inmunológico funciona bastante bien.

Alex

P.D.- ¡Salud!, divino tesoro. Gracias a todos los que me habéis cuidado 🫶🏻 Y la banda sonora 👇🏻 Coldplay – Viva La Vida