He dejado las ventanas abiertas, para disfrutar del petricor de las primeras lluvias. Un paraguas es un poco eso: una casita con las ventanas abiertas bajo el chaparrón.
Elige uno bonito. Para usarlo bien hay que estar, por lo menos, un poco feliz.
Ábrelo en el exterior y nada más que en el exterior; hacerlo dentro trae mala suerte. Sujétalo por el mango y colócate debajo del centro de su cúpula; tararea una canción y si no te sabes ninguna canción, sonríe. No se te ocurra apoyarte el mástil sobre el hombro, calíbralo con el horizonte y levántalo hasta la altura de tus cejas.
Ponte recto, los paraguas no pesan, en realidad nada de lo que lleves te debería pesar, bajo el aguacero, como por la vida, hay que ir ligero, elegante y, si has elegido mal y algo te pesa, disimula.
Si te cruzas con alguien, y tú eres el más bajito, no te inmutes, pero si eres el alto, saluda y alza el paraguas, para que pase el de enfrente por debajo del tuyo. También puedes chocar, quizás sea una fórmula eficiente para enamorarte o para que te insulten; a veces conviene arriesgar.
El paraguas solo se lleva abierto cuando llueve; en el momento en el que deja de chispear, lo medio cierras y abres para sacudirlo un poco, después deslizas la anilla hasta que se bloquea el pasador —sobre todo no lo enroscas ni lo atas con su cintita; solo se ata si está bien seco— y, después, te lo cuelgas del antebrazo, como si llevaras un bolso. Si tienes piernas largas y soltura con la muñeca lo puedes llevar en plan bastón, al estilo de John Steed de Los Vengadores, un estilo que yo practico mucho, que también requiere sincronizar el paso con el balanceo y que puede parecer un poco macarra si lo haces mal o sensacional si te haces experto. Esta modalidad se debe practicar solamente cuando vas con el paraguas enrollado antes de que caiga la tormenta, nunca después.
Olvidarse el paraguas en cualquier sitio es de lo más normal, cómprate uno caro, no escatimes, si te cuesta dinero te costará más olvidarte de él.
Alex
P.D. – Yo el año pasado he perdido dos paraguas: uno verde que me compré en el Thyssen y otro de tartán rojo que compró mi marido en Londres. Si alguien los ha visto por ahí que me avise o los devuelva. También perdí uno negro, plegable, que me costó cinco euros y que le compré una noche a un vendedor ambulante que había previsto muy bien el diluvión. Ese paraguas, al que le duró la varilla recta un santiamén, quien lo tenga, que lo use, hasta que se rompa del todo, y después, que lo lleve hasta la parte alta del parque, cerca del puentecito sobre el ferrocarril, y que lo lance al fondo de la barranca, porque ahí está el cementerio de los paraguas donde reposa el de la Maga.
El cuadro es de Alex Katz, Blue Umbrella 2, 1972. Está en una colección privada.
Y la banda sonora, que está muy bien aprendérsela para tararearla bajo la lluvia 👇🏻 Hooverphonic – Mad About You

Os leo 💋