El otro día, en Instagram, una amiga mía publicó un post que me pareció muy bueno porque en vez de hablar de ‘red flags’, ella enumeraba sus ‘green flags’, algo que es mucho más positivo y asertivo. ¿Para qué identificar lo intolerable cuando podemos fijarnos en lo que nos gusta de alguien? Nadie es perfecto.
Ella formulaba de manera muy bonita las cosas que valoraba en un hombre: coherencia, palabra, nobleza, humor, mundo, generosidad, valentía, saber pedir perdón, no victimizarse, oler bien (entre otras virtudes). Y coincido del todo con ella. Es muy posible que seamos muchísimas las que compartimos los mismos criterios aunque utilicemos otras palabras para expresarlo: congruencia entre lo que dice y hace, cuidado, atención, inteligencia, iniciativa, humildad, bondad, capacidad de rectificar… La experiencia hace que vayamos afinando y nos fijemos cada vez más en el comportamiento mientras nos dejan de impresionar las declaraciones de amor, incluso las buenas intenciones, sin que vengan acompañadas de hechos y conductas.
Y luego, sí que hay matices y diferencias que para unas pesan más que para otras. Por ejemplo, mi amiga le daba mucha importancia a la estabilidad y a la ternura —yo también— pero yo puedo convivir bastante bien con la incertidumbre —no con la ambigüedad— mientras que no puedo pasar sin conexión intelectual profunda, libertad, pasión, reciprocidad y sentirme vista de verdad.
Si dejo de respetar intelectualmente a un hombre soy incapaz de desearlo. Tampoco soporto la fanfarronería, ni puedo siquiera tolerar una amistad que reformule la realidad por ser incapaz de tener autocrítica. Puedo perdonarlo casi todo: debilidad, heridas, contradicciones, sarcasmos, miedos, incluso errores serios, pero no a alguien que me haga luz de gas o me venda una realidad que los hechos desmienten. Detesto que me controlen, que traten de administrarme, domesticarme, que siempre quieran tener razón o que me digan qué tengo que hacer o no hacer con mi vida. Y tengo que comprobar que siente auténtica curiosidad por mí, genuino interés por entenderme y conocerme, y por supuesto desearme. Más que la ternura a mí me gusta la intensidad. Pero me revienta (aunque por desgracia lo he hecho) dar de más, ofrecer acceso a mi vulnerabilidad, a mi intimidad, sin recibir un equivalente. Además, el sentido del humor que más valoro es el que se ríe de uno mismo; habla por sí solo y me parece muy útil a la hora de resolver conflictos.
En realidad tengo muchas banderas rojas y lo reconozco: mi auditoría es bastante feroz.
Sin embargo, la otra noche cenando con unos amigos salió un tema parecido. Que si a una le gustaban los hombres guapos, que si a otra, los feos, porque, argumentaba, tienen menos éxito y por lo tanto no se les tiran otras al cuello, hay menos competencia, y encima se lo curran mejor…
El físico, sin duda, también importa.
A mí me gustan guapos, aunque he tenido algún desliz con algún que otro feo y hasta algún sueño inconfesable con otro horroroso. Por eso yo dije en voz alta que a mí me gustan todos, y es verdad, me caen muy bien los hombres, pero me he enamorado de muy pocos. Entre banderas rojas y verdes.
Alex
P.D. – Llevo con el borrador de un post sobre cómo se enamoran los hombres más de un año. Espero poder dilucidar esa cuestión algún día. La ilustración me la ha hecho mi GPT.
Y la banda sonora 👇🏻 Prince and the Revolution –Kiss, quizás ellos se conforman con nuestro tiempo extra y un beso 😘

Os leo 💋