A menudo recordaba la novela de Rabelais. Sophie, que era una parisina con una exquisita educación francesa, que estaba de casi nueve meses y que hacía siete, durante la cena en El Chateaubriand, su restaurante favorito en Madrid, había anunciado su embarazo a sus suegros, recordaba a Gargantúa, el protagonista de la novela, dividido entre la alegría y la tristeza, entre desconsolado y pletórico, sin saber qué hacer: si llorar por la pérdida de su mujer durante el parto o reír de felicidad por el nacimiento de su hijo Pantagruel. Sophie recordaba la escena del gigante mientras acariciaba la cabeza de Juan, su marido, un madrileño con pinta de torero, que apoyaba su oreja sobre su vientre buscando el sonido de las pataditas de su primogénito. Y es que Juan había perdido a su padre hacía unas pocas semanas y a Sophie le parecía que su marido soportaba en su corazón todo el peso de los dos extremos de la existencia; el nacimiento y la muerte.
—Nada… No oigo nada… —dijo Juan—. Estará dormido.
—Non, chouchou —que pronunció shushú, porque es así como se pronuncia en francés—. Te lo aseguro, acaba de darme un patadón. Este niño va a ser futbolista.
A Juan no le dio tiempo a agachar la cabeza de nuevo sobre el regazo de Sophie, porque ella gimió y exclamó:
—¡No puede ser! Una contracción. ¡Cronométrame, chouchou! Cronométrame, por favor.
Juan dudó si cronometrar el intervalo de contracciones con su iwatch o con su móvil, y finalmente decidió que era mejor accionar el cronómetro del móvil, porque Sophie era una fanática de la precisión. La miró y la vio despeinada, con el pelo rubio recogido a su manera, con la cara lavada, rosada, y le pareció frágil y fuerte, valiente y asustada, una heroína.
No habían pasado ni tres minutos. Sophie soplaba despacito como apagando una vela y sintió de nuevo el dolor.
—Este niño viene ya, Juan. Y va a ser escorpio, en vez de sagitario… —a Sophie, a pesar de su lógica cartesiana, le divertía la astrología.
—Voy a por la maletita —dijo él, mientras la ayudaba a levantarse del sofá.
—Sí, sí, vas-y —dijo ella, mientras se ponía el plumas y unas zapatillas sin cordones.
Efectivamente, unas horas más tarde eran papás.
Juan, que quería lo mejor para su familia, había contratado una de las mejores habitaciones de la maternidad, con saloncito y hasta con salida al jardín. Una enfermera le había explicado que podía abrir el sofá del saloncito, porque era un sofá-cama, y que en el armario estaban la almohada, unas sábanas y una manta. Estaba agotado. Cogió la almohada y la manta y se tumbó en el sofá sin abrirlo, apoyó los pies sobre el reposabrazos y se quedó dormido.
Desde la habitación Sophie le había visto acurrucarse, taparse con la manta y quedarse dormido. Ella, en cambio, sentía que tenía los sentidos alerta. Oía respirar a su bebé, sentía su corazoncito palpitar, ahora fuera de ella, lo olía y aceptaba la distancia entre su cama y la cuna con cierta resignación. Y, de pronto, en el quicio de la puerta que estaba abierta, entre el saloncito y su cuarto, apareció él, su suegro. De pie.
Sophie abrió sus ojos verdes bien grande. Pensó que estaba soñando. Se incorporó un poco más para comprobarlo. Sí. Era su suegro. El fantasma de su suegro.
Entonces Sophie tuvo el deseo de gritar: ‘¡despierta, Juan! Está aquí tu padre’, pero su suegro la detuvo. Se colocó el dedo en los labios haciendo el gesto que pide silencio. Y ella contuvo sus ganas. Se quedó callada, y con la palabra en la boca, sin preguntarle a su suegro el motivo de no querer que despertara a su hijo. Los dos se quedaron mirando el uno al otro, inmóviles, expectantes. Ella tuvo que deducir que su suegro no quería asustar a su hijo, porque los sustos pueden hacer desaparecer a los fantasmas. También pensó que a Juan le podría dar un ataque al corazón al ver al espíritu de su padre. Ponderó la situación, mirando alternativamente a su suegro y a su marido dormido en el saloncito, y decidió que era mejor obedecer. Y el fantasma de su suegro, viendo que su nuera no se iba a poner a chillar, se quitó el dedo en vertical de los labios y sonrió.
Sophie, perpleja, vio cómo su suegro se acercaba a la cuna y se inclinaba para contemplar a su nieto. No sintió nada de miedo, sintió paz y sintió amor; el padre de Juan había venido a conocer a su nieto.
No sé cuánto tiempo estuvieron así, tranquilos y sin prisa, porque Sophie no lo pudo calcular. Después, el abuelo se enderezó, la miró, se sonrieron los dos y se marchó.
Sophie suspiró, medio triste, medio sosegada. Recordó la ilusión de su suegro cuando le anunció que sería abuelo; recordó a Gargantúa y a Pantagruel y se quedó dormida.
Alex
P.D. – 👻🎃😘
Y la banda sonora 👇🏻 The Quest – Bryn Christopher

Os leo 💋