Me ha costado dar con una película que me impresionó siendo una adolescente. Recordaba al actor, rubio, con gafas, las imágenes psicodélicas y una secuencia que me aterró: se le lavaba el cerebro al protagonista, obligándolo a ver aquellas imágenes y suministrándole una sustancia, alterando su percepción, para dominar sus pensamientos y cambiar sus opiniones. Como no he vuelto a verla, puede que mi memoria haya distorsionado algo el recuerdo; no me toméis al pie de la letra. El actor era un jovencísimo Michael Caine y la película: Ipcress. Buscándola, me he dado cuenta de que he visto muchas películas sobre el control mental sin tenerlas demasiado registradas; quizás porque esta fue la primera, o una de las que más me impactó, cuando he pensado en lavados de cerebro, ha sido la que me ha venido a la cabeza. La cuestión es que para dominar al protagonista había que, en primer lugar, secuestrarlo, y después, atarlo, bloquearle los párpados e inyectarle no sé qué. El peligro, aun siendo espeluznante, parecía más o menos evitable, mientras no te metieras en problemas de espías o de drogas.
Cuando vi 1984 también me pareció que para lavarle el cerebro a una persona hacía falta torturar y coaccionar, que la propaganda solamente no era suficiente para controlar la mente de un librepensador o de cualquiera que tuviese espíritu crítico; con lo cual, en mi mundo, me sentía a salvo. Y probablemente lo estaba. Nunca imaginé un comecocos homeopático; en pequeñas dosis como el que existe ahora.
Con el tiempo he observado que uno puede hacer estragos haciendo micro-críticas diarias; que estamos más expuestos a la manipulación de lo que somos conscientes; que somos vulnerables, sobre todo con los más cercanos, y que la puerta a nuestro espacio está abierta de par en par. La línea entre lo privado y lo público está difuminada, compartimos de todo en Internet. Y lo que parecía que solo le ocurría a la gente muy popular, expuesta a críticas continuas, algunas feroces, nos puede pasar a todos. El bombardeo intoxicante diario, aunque fuese mínimo, si es constante, desquicia; es como la tortura china de la gota de agua sobre la frente. Y todos lo padecemos.
He leído, en varios artículos de prensa —los telediarios se hicieron eco, supongo que los conoceréis— datos de estudios y encuestas que revelan que más de la mitad de los jóvenes se sienten peor después de pasar tiempo en redes sociales; casi la mitad dice que ‘ojalá no existiera Internet’, pero paradójicamente, la mayoría de ellos también sufre un fenómeno conocido como FOMO, Fear of Missing Out o temor a quedarse fuera; necesitan sentirse conectados —que, por otro lado, es lo normal, el ser humano necesita pertenecer—; lo que me produjo curiosidad de este asunto era averiguar el porqué del enganche brutal a algo que les hace sentir mal. Resulta que en marzo del 2025 la revista científica PNAS Nexus publicó un estudio que comparaba el impacto que tenían en el usuario de Twitter (X) los contenidos seleccionados por el algoritmo con los que aparecían por orden cronológico. Y descubrieron algo bastante revelador: el algoritmo amplificaba contenidos que generaban indignación, ansiedad y enfrentamiento, aunque los usuarios no quisieran sentir esas emociones. Es decir, la plataforma lograba la permanencia, pero no la satisfacción del usuario. Otro estudio, publicado en BMC Public Health en junio de este año, identificó un mecanismo especialmente interesante: la interacción entre la emoción y la atención con las recomendaciones del algoritmo. Si estás triste y te detienes ante imágenes o vídeos relacionados con tu tristeza, el sistema registra tu interés, te ofrece más de lo mismo y refuerza tu tristeza. A ver… No hacía falta que mencionase los estudios, lo he hecho por si alguien duda de mi credibilidad. A todos nos pasa. Si hacemos una búsqueda en Internet, o hablamos de algo, de lo que sea, acto seguido las redes nos bombardean con contenidos y anuncios sobre ese producto, tema o servicio. Nuestros móviles nos espían, nos escuchan y nos influyen constantemente. El micro-bombardeo no es solo extremadamente frecuente, también es muy limitado, porque solo ves lo que el algoritmo cree que quieres ver, ya sea positivo o negativo, y refuerza tus emociones y tus ideas, haciendo que tu mundo se empequeñezca y tu criterio se condicione y se empobrezca.
Es un comecocos muy sutil, homeopático, pero muy eficaz para influir en la percepción de nuestra realidad.
El algoritmo aprende qué nos interesa, qué nos indigna, qué nos emociona y qué nos engancha. Nos da siempre la razón y nos radicaliza. Es bastante diabólico, porque, además, la repetición aumenta la sensación de veracidad, incluso si esa versión de la realidad no está demostrada. Ya se sabe: «Una mentira repetida mil veces se convierte en una verdad». Es lo que me parece más inquietante. Para que nos laven el cerebro ya no es necesario que nos torturen; lo hacemos nosotros mismos y ni siquiera somos conscientes de estar retroalimentando nuestro propio pensamiento con un pensamiento único. La diferencia con 1984 y Ipcress es que hoy ya no hace falta la coerción y esto me parece más aterrador.
Pese a tener acceso a una cantidad enorme de información y de opiniones, acabamos viendo y escuchando lo mismo —una realidad seccionada y seleccionada—, coartando la libertad de nuestro propio pensamiento, limitando el acceso a perspectivas diferentes, en mini-dosis y lo peor: sin darnos cuenta.
Alex
P.D.- En la era de la información, lo increíble es lo poco informados que hemos decidido estar. Habrá que seguir perfiles de gente que te cae mal, ¿quién sabe?, quizás eso sirva para hacernos más flexibles.
P.D.2.-La imagen la he generado con mi GPT. ¡Tengo un vicio!
P.D.3- Tengo pendiente ver The Social Reckoning , la película de Aaron Sorkin, que trata este tema. Voy a ver si pillo entradas 😘
Y la banda sonora 👇🏻 Nel Blu Dipinto Di Blu – Malika Ayane

Os leo 💋